He tenido una fijación con las hormigas. Curiosamente, cuando las veo, trato de aplastarlas. Eso posiblemente me acompaña desde mi niñez.

Vivía cerca del río y un día me acosté debajo de un árbol de almendro. Me quedé dormido y me desperté abruptamente, lleno de hormigas que me picaban por todo el cuerpo, principalmente en los genitales. Me tiré al río con ropa para librarme de semejante ataque. Sospecho que mi animadversión viene de ese evento.

A esto se suma una vecina a la que llamaban “la Pachaca”, nombre que le dan en el Caribe a una hormiga de color amarillo, gorda y cabezona. La vecina nos amenazaba con darnos en la cabeza con un palo de escoba que siempre cargaba si nos acercábamos a su casa.

Le temíamos, pero nosotros nos escondíamos detrás de los árboles y le gritábamos:

¡Viene la Pachaca!

La vida de las hormigas es fascinante y, además, son portadoras de sabores exquisitos, como las famosas hormigas culonas de Santander.

Las hormigas aparecieron en la Tierra hace aproximadamente entre 110 y 130 millones de años, durante el período Cretácico. Evolucionaron a partir de un linaje de avispas y, con el tiempo, desarrollaron una vida en comunidad altamente organizada. Con el surgimiento de las plantas con flores, se multiplicaron con rapidez, debido a la disponibilidad de alimento.

Hoy existen miles de especies diferentes en casi todos los rincones del mundo. La figura de la hormiga aparece con frecuencia en la literatura infantil y en los relatos tradicionales para enseñar el valor del trabajo y la disciplina. Un cuento clásico es “La cigarra y la hormiga”, en el que la hormiga trabaja y guarda comida para el invierno, mientras la cigarra juega. Cuando llega el invierno, la cigarra enfrenta las consecuencias de no haber almacenado alimento.

Las hormigas pertenecen al mismo gran grupo de insectos que las abejas y las avispas. Existen miles de especies y viven en colonias. Algunas son extremadamente fuertes y pueden cargar varias veces el peso de su propio cuerpo.

En una colonia existen diferentes funciones. La mayoría de las hormigas son obreras y soldados. La reina tiene principalmente una función reproductiva: poner los huevos. Los machos, conocidos como zánganos, cumplen funciones relacionadas con la reproducción y, a diferencia de las obreras, no participan en las labores cotidianas de la colonia.

Existe una discusión sobre si las hormigas son buenas o malas. En términos generales, son beneficiosas para los ecosistemas y la naturaleza, aunque en determinados contextos pueden convertirse en una molestia o en una plaga.

Entre sus aspectos positivos está que airean los suelos, ayudan a controlar algunas plagas, se alimentan de otros insectos, descomponen materia orgánica, reciclan nutrientes y dispersan semillas, contribuyendo así a la propagación de muchas plantas. Cuando mueren, además, sus restos pueden enriquecer el suelo.

También pueden tener efectos negativos. Algunas especies protegen plagas como los pulgones y las cochinillas porque se alimentan de la melaza que estos producen. Esto puede debilitar las plantas. Otras especies dañan jardines y cultivos al cortar hojas, y algunas producen dolorosas picaduras, especialmente ciertas hormigas rojas, que incluso pueden provocar reacciones alérgicas.

Las hormigas como modelo de administración

En Administración Pública, las hormigas son mencionadas como un modelo de organización descentralizada y autogestión. En sus colonias no existen jefes ni jerarquías de mando tradicionales como las entendemos los seres humanos. Existe, en cambio, una inteligencia colectiva basada en reglas simples de interacción.

La reina no da órdenes ni dirige las operaciones diarias; su principal función es reproductiva. Esto demuestra que una organización puede funcionar y prosperar sin una supervisión directa permanente, mediante mecanismos de autoasignación y autorregulación.

Las hormigas detectan necesidades de manera autónoma y distribuyen las tareas de forma efectiva. Hay obreras, recolectoras y soldados, cada una con una función específica. También poseen sistemas de comunicación descentralizados mediante los cuales transmiten información de manera rápida y coordinada, lo que permite realizar esfuerzos colectivos de gran magnitud.

Esto tiene una aplicación interesante en la administración: fomentar la autogestión y la responsabilidad individual, diseñar procesos ágiles donde la información fluya directamente hacia los objetivos y poner el resultado colectivo por encima del lucimiento personal.

De ahí viene el conocido adagio: ‘Trabaja como una hormiga’.

En las clases de Administración siempre nos hacen hincapié en que las hormigas son un ejemplo de autogestión. Yo diría, además, que las hormigas nos enseñan solidaridad, gestión y trabajo en equipo. Nos muestran que el trabajo comunitario puede ser mucho más productivo que el esfuerzo individual.

Cuando estuve como dirigente de fútbol, aprendí que los partidos los ganan los jugadores, pero que lo más importante es el equipo. Y, cuando se contratan buenos jugadores, el entrenador debe insistir en que todos tienen que aportar. Eso también se llama administrar para ganar.

Una reflexión sobre las hormigas

Las hormigas parecen débiles, pero no lo son. Son pequeñas, pero cuando se unen demuestran que la unión hace la fuerza. Cada una cumple con su trabajo y, juntas, pueden realizar tareas que individualmente serían imposibles.

Tienen una extraordinaria capacidad de comunicación entre ellas y saben encontrar los mejores refugios y las rutas más eficientes para alcanzar sus objetivos.

Las hormigas nos enseñan porque son creativas, organizadas y exitosas en su propósito colectivo. Saben que trabajar en equipo es superior al trabajo individual cuando existe coordinación, disciplina y un objetivo común.

Y todo esto deja una enseñanza que también sirve para las organizaciones humanas: trabajar en equipo, con eficiencia y sentido colectivo, es una de las claves para alcanzar el éxito de una empresa y también de la vida.