Si algo me impacta y entristece es sentir la sinceridad herida de muerte. La franqueza tambalea, la gente que enarbola la verdad se hizo rara. Esa verdad se ha hecho cada vez más exótica. Miremos algunos hechos recientes:

La confesión de Daniel García Arizabaleta, que hunde a Oscar Iván Zuluaga, dejó muchos valores tendidos en el piso. La amistad, la manipulación de información, la relación padre-hijo, la esperanza de un gran segmento de ciudadanos, pero especialmente se lesionó la credibilidad, ese capital inmenso con el que contaba el exministro y excandidato presidencial.

Pero la crisis de la confianza pública es tan tenaz que no hubo manera que los lideres de izquierda salieran a apropiarse del espacio de sinceridad que busca el público. Las mentiras, la irresponsabilidad, el “yo no lo crie”, el incumplimiento en agendas y en propuestas de Petro, hacen que sea mejor pasar agachados frente a esa orfandad de confianza. Era el momento para demostrar que el cambio tenía sentido, pero no han tenido forma de demostrarlo.

Otro ejemplo: esta semana Colombia tuvo un triunfo diplomático en el litigio limítrofe con Nicaragua. Tanto el presidente como los expresidentes salieron a narrar, cada uno, su versión de la victoria jurídica, cuando lo que ha sido es una larga secuencia de argumentaciones gobierno tras gobierno, incluyendo el actual, ante la Corte Internacional de La Haya, hasta la victoria del martes. Nos ha faltado la grandeza para decir la verdad: el aporte parcial de cada uno para armar una cadena que terminara demostrando el derecho de Colombia sobre el archipiélago de San Andrés y Providencia. Pero no, nuestros líderes prefieren mentir para ufanarse de su aporte individual y no darle la oportunidad a Colombia de mostrar coherencia en su política internacional. Por mezquinos, no hay a quién creerle.

¿Es la crisis de la verdad una frustración nacional? No es exclusividad de Colombia. Putin o Trump son dos ejemplos de políticos que avergüenzan no solo a sus países, sino a la humanidad. Su obsesión por el poder es tal, que manipular la verdad es un instrumento casi que obvio para lograr sus pérfidos objetivos.

¿Son los políticos los principales asesinos de la verdad? Tampoco es su exclusividad. Las redes y las bodegas son fábricas masivas de mentira, luego son muchos los comunicadores e influenciadores quienes terminan siendo peones al servicio del poder. Ni siquiera las religiones se escapan de ser los generadores de líderes confiables. Pastores obsesionados por enriquecerse vendiendo salvación a cambio de poderosos diezmos. El Dalai Lama pidiéndole a un niño que le bese la lengua o sacerdotes pedófilos o con agendas políticas particulares.

Pero el camino no puede ser que la desconfianza generalizada nos impida identificar líderes. El reto es volver a lo más elemental: encontrar gente buena. La academia y el poder económico no garantizan idoneidad para dirigir ciudad o región. Muchos de los aludidos en esta columna cumplen con el requisito de academia, pero están lejos de ser aquellos a quienes les entregaríamos la suerte de nuestra vejez o el futuro de nuestros hijos. Increíblemente, la lámpara de Diógenes estará enfocada en la búsqueda de las virtudes más elementales: sinceridad, honradez, resiliencia, capacidad de armar equipos confiables, liderazgo transparente. Después de tener claras las condiciones humanas básicas y estar descrestado con esas exóticas particularidades, seguramente no nos deslumbrará los que antes era sorprendente: pasar por Harvard, haber construido un gran patrimonio o conseguir miles de firmas o de adhesiones. Todo estará incompleto si no es portado por seres humanos confiables, veraces. Escasos, pero existen.