Tápate más. No camines por ahí. No andes sola de noche. No vayas a cine sola con tus amigas. Ponte algo más largo. Está muy tarde; no es seguro. Mejor no tomes, no conoces a nadie. No te devuelvas sola. Revisa si alguien te está siguiendo. No te pongas audífonos en la calle, tienes que estar atenta. Recógete el pelo. Agarra las llaves entre los dedos por si acaso. No dejes tu vaso solo. No te sientes así. Anota la placa. Comparte tu ubicación.

Así me crie yo, y sin lugar a dudas así se criaron nuestras madres, hermanas, primas, amigas, vecinas e hijas. Desde el momento que nacemos, a las mujeres nos instalan una cajita en el cerebro llamada ‘herramientas para permanecer segura’, y en el instante que tenemos uso de razón, los sistemas que nos rodean empiezan a inundar esa cajita de información. De manera intuitiva, la sociedad nos adoctrina para creer firmemente que es nuestra responsabilidad absoluta prevenir toda remota posibilidad de maltrato, abuso y acoso. Desde muy pequeñas, tenemos una enorme carga mental de seguridad para siempre pensar una, dos y hasta tres veces antes de hablar, vestirnos, actuar, caminar, salir, bailar y vivir.

Tras los perturbantes eventos que salieron a la luz esta semana, siguiendo el caso de la presunta violación grupal a una estudiante de la Universidad de Cornell, siento la obligación como mujer de hablar y manifestarme al respecto. Sin embargo, quiero dejar muy claro que este caso no es una sorpresa. No es la primera vez que pasa. No es la primera vez que nos hierve la sangre a las mujeres por estas atrocidades. No es la primera vez que queremos pararnos a manifestarnos por nuestras vidas. Esta simplemente es la gota que derramó el vaso. Y qué gota tan pesada.

Quizás lo más triste y decepcionante que he evidenciado estas semanas son los comentarios que he escuchado de algunos hombres al respecto de este caso particular. “Pero ella también era bien loca”, “ese tipo de planes eran normales para ella”, “ella fue la que entró a la casa de los manes”, “ella ya estaba drogada”, “ella no supo rodearse de buenas personas”, “ella no tuvo suficiente criterio”, “ella dijo que sí a un trío”, y cuando yo pregunto: “¿Y ellos qué? ¿Qué con los 54 hombres que fueron cómplices?”, una respuesta que me marcó fue: “Ellos no podían hacer nada, no es su culpa que estuvieran en el grupo de la fraternidad”. Ocho respuestas. Cero responsabilidad masculina.

Inaudito. ¡Absolutamente inaudito! Y antes de que se lo pregunten, sí, este tema es totalmente personal para mí. Sin embargo, eso no le quita veracidad y factualidad a cada palabra que estoy escribiendo. ¿Cómo es posible que la primera reacción a cada caso público de abuso, maltrato o acoso siga siendo: “Pero ella…”? Queridos hombres, cómo anhelo el día que la respuesta comience con “SÍ, ÉL. SÍ, ELLOS…”. Y no, no estoy generalizando. Soy absolutamente consciente de que existen otras realidades en algunos casos, y que las mujeres no somos santas, inmaculadas y absolutamente virtuosas; ese nunca ha sido el argumento. Lo que SÍ somos es víctimas de una sociedad que siempre nos señala como culpables y responsables del sufrimiento causado por un otro, y siempre se encuentra la manera de exonerar al hombre y dejarlo impune de toda culpa y responsabilidad.

Con este punto, vuelvo a la cajita de ‘herramientas para permanecer segura’. Pues a las mujeres se nos enseña que la violencia se presenta casi como una consecuencia lógica de nuestras decisiones, pero ¿y dónde entran a la partida las decisiones de los hombres? ¿Acaso son los hombres impunes de toda culpa y responsabilidad? Hablando en términos científicos: ¿por qué las decisiones y el comportamiento de la mujer se tratan como la variable que hay que controlar, mientras el comportamiento y las acciones del hombre se tratan como una constante inevitable?

Queridos hombres y mujeres, los invito a que vuelvan al comienzo de esta columna y lean con la mirada de un padre/madre de una niña y un niño. ¿Qué le están enseñando a sus hijos sobre cómo tomar responsabilidad por sus acciones, cómo notar el lenguaje corporal del otro, cómo aceptar un ‘no’ sin insistir, cómo preguntar y esperar a un ‘sí’ explícito antes de tomar algo que no les pertenece?, y seguidamente, ¿cómo le están enseñando a sus hijas sobre su gran voz; sobre el poder que tienen para hablar con firmeza, expresar su malestar, comunicar sus necesidades y sus límites? Esta es la raíz de un caso como los 7 de Cornell. Esta es la raíz de todo: la infancia, cómo criamos a nuestros niños, qué sistema de creencias les inculcamos, cómo formamos sus modelos mentales del mundo y las relaciones humanas, y las conversaciones difíciles que nuestros padres nos invitan a tener desde muy pequeños.

Esta invitación no busca señalar y llamar a culpables, pues les cuento que también me la hice a mí misma, desde mi rol como educadora. Estas preguntas son una invitación activa para todos los aquí presentes, para que se tomen un tiempo para reflexionar sobre el rol que cada uno ha tenido en esta sociedad en cuanto a la normalización del abuso, el acoso y el maltrato hacia la mujer. Porque el título de abuso y acoso no se le otorga solo a los casos mediáticos como este; de hecho, usualmente es silencioso, oculto entre chistes y excusas, hasta volverse casi imperceptible. Y todos tenemos un rol, porque la sociedad somos todos.

Entonces, pregúntate: ¿cuál ha sido mi responsabilidad en esta normalización? ¿Qué debo aprender y cómo puedo educarme mejor para poder cambiar mi rol y ser más consciente de la sociedad en la que vivo? ¿Qué historia he dejado pasar sin cuestionar, solo porque no me tocó a mí? ¿Qué puedo hacer distinto la próxima vez que escuche un chiste, un comentario o una historia que refleje posible acoso, abuso o maltrato?

A las mujeres nos dieron una cajita de herramientas para sobrevivir. Es hora de que construyamos, junto a los hombres, una cajita distinta; una que no enseñe a las niñas a desaparecer, sino que enseñe a los niños a respetar y tomar responsabilidad por sus acciones. Porque mientras sigamos enseñando y promoviendo el miedo en unas y el silencio en otros, seguiremos teniendo infinitos Cornell 7. Y la próxima vez, quizás, el nombre sea el de alguien a quien queremos. O el nuestro.

Mi nombre es Jane Doe, y si el tuyo lo es también: te creo, te veo y te acompaño. La pregunta ya no es si vamos a actuar. La pregunta es: ¿qué haré yo, a partir de hoy, para que no haya más gotas en este vaso?