Rodrigo Zamorano dio el sábado en el conversatorio de Exposer Coomeva ‘Cali se levanta’ (gracias, gracias) una interesante charla sobre el tema en que es experto: manejo de los llamados desastres de la naturaleza. Su experticia es muy grande, puesto que ha recorrido muchos escenarios catastróficos, tratando de aprender para prepararse cada día más para manejar lo impredecible. Personalmente, desde mi total ignorancia, hubo dos puntos que me quedaron sonando. El primero, una recomendación casi salvadora para el instante de la crisis: “Pienso, pienso, me agacho, me cubro, me agarro”, que pueden convertirse en el momento de angustia en un mantra salvavidas. Y la otra recomendación, prepararnos con un kit de emergencia para cuando vuelva a suceder: pitos, linternas, agua, copia de documentos… Y es aquí, en esta segunda recomendación, donde vienen mis interrogantes.

Hay una inclinación humana a observar el mundo dividido, a hablar de contrarios: arriba abajo, agresivo pasivo, vendedor comprador, adentro afuera. No logramos ver el todo, sino pedazos de esa realidad porque se descarta la totalidad. Por lo tanto, existe la tendencia a ‘deformar’ lo que se ve, porque un solo lado no puede explicar el todo. Se dice que es una manera moderna de tener el control porque fragmentar da poder. Al dividir, ‘reduzco’ el escenario y construyo jerarquías, unas mejores que otras, y puedo dominar. Además, la totalidad asusta porque es inmedible y, claro, incontrolable.

El doctor Zamorano es muy claro en su recomendación de prepararse, pero esta actitud, ¿qué tanto se puede volver obsesión, qué tanto lastima mi salud emocional, qué tanto me sumerge en un mundo catastrófico, qué tanto integro patológicamente la concepción de muerte, qué tanto me ‘obliga’ a vivir en el futuro (que no existe)…? Por ello, mi inquietud está dada en cómo integrar saberes, cómo integrar el conocimiento que aporta la psicología para desechar pensamientos disruptivos, catastróficos, y cómo lo combino con las advertencias para ‘vivir’ preparado para un posible terremoto… Dos conocimientos que deben volverse uno, totalidad, e integrarlos para un mejor resultado de la calidad de vida. Nunca ni jamás competencia de saberes, pero sí una integración.

Hay personas que viven obsesionadas con el peligro, como si vivir fuera casi un proceso de supervivencia. Cada nueva situación puede ser desastrosa porque se corre un riesgo y es necesario estar preparados siempre para ‘lo peor’. Pero vivir alerta, ¿qué tanto desgasta? En salud, en finanzas, en relaciones afectivas, en desastres, en atracos… siempre al borde del precipicio, esperando la catástrofe. Que, como dicen también los expertos, en el 90 % de los casos, nunca sucede. Cali ha tenido dos terremotos fuertes en 70 años. ¿Me preocupo o me angustio? ¿Vivo con el kit listo, cargo el pito, tengo la alarma en el celular? Lo único cierto que tenemos es el presente y, por más prevenciones que asuma, es claro que a la muerte no la podemos derrotar. Está allí, existe, no se mueren solo los malos o los ‘desprevenidos’. Porque lo que hay detrás de todos los miedos, detrás de todos los cambios, detrás de cada momento, es el fantasma de la muerte. Por ello, este es el terremoto más fuerte de todos, el colapso para el que nunca nos preparamos y nos toma por sorpresa. Queremos arrinconarla, ganarle la partida, creernos inmortales, pero la muerte siempre nos derrota. Aun más, ni siquiera es la muerte la que gana porque, como dicen los nuevos saberes, la muerte no existe. Trascender es diferente a finalizar. Trascender es abrir una puerta a otras dimensiones: el trascender nos toma por sorpresa y, por más conocimientos y avances que se tengan, siempre llegará… El mundo, la cultura, tienen que cambiar el libreto de la existencia para aceptar que la tierra es una pasantía. De lo contrario, viviremos al borde del precipicio. ¿Podremos entonces intentar equilibrar saberes?