La simpática crónica de Jorge Enrique Rojas el pasado domingo en El País sobre la Barbería Nueva York me hizo recordar a algunos peluqueros famosos de nuestra parroquia, empezando por el célebre Riverita, un mentiroso incorregible que se inventaba tremendas historias que narraba con su voz aflautada mientras sus ‘pacientes’ permanecían inmóviles ante su afilada barbera.Riverita se hizo célebre por los cientos de cuentos que brotaban de su desbordada imaginación. En ellos siempre era el protagonista y fungía de superhéroe, en una mezcla poco ortodoxa de Superman y el Chapulín Colorado.Sus exageraciones fueron tan inverosímiles que una vez y sin el menor empacho, narró que bajando por la vía al mar, se le fueron los frenos de su vehículo y que al llegar a la curva de Cerezo -que no es del Cerezo- cayó al abismo, rodó como doscientos metros y que el carro se desbarató totalmente con él adentro.Al preguntarle que le había pasado, no tuvo empacho en afirmar que se había matado. Así como lo leen. Acto seguido, siguió cortándole el pelo a su asombrado cliente como si nada.Bueno sería compilar las historias del mitómano Riverita, labor perfecta que podría adelantar Fanor Luna que ahora retirado del mundanal rugido, podría inclusive inventarle otras exageraciones al peluquero que se creía sus propias mentiras.Hubo una peluquería que funcionaba en la esquina de la Carrera Cuarta con Calle Sexta donde hoy queda el otrora edificio de la FES y diagonal a la tienda El Opita, que me dicen la han trasladado al barrio San Antonio. Se llamaba Barbería Bedoya en honor de sus dueños, una pareja de esposos que atendían en las dos sillas rojas con blanco ubicadas en la mitad del local. Dicen que se podían pedir rellenas y cervezas a El Opita para que la peluqueda no fuera tan aburridora, porque las máquinas eran manuales y la operación duraba más de dos interminables horas.Otro peluquero famoso fue Zamora a quien mi padre hacía ir hasta la casa para que le metiera la máquina a este pajarraco con la orden de “tuse a este peluca”, instrucciones que tan sádico personaje cumplía al pie de la letra dejándome tan sólo un copetín al que le aplicaba glostora para que se me parara (el pelo quiero decir). Zamora piloteaba una macabra bicicleta negra en cuya parrilla llevaba los elementos de tortura y confieso que más de una vez le desinflé las llantas antes de subirme a un palo de mango que era el refugio de mi niñez.Muchos años después surgió la Barbería Unisex Arte Francés de propiedad de un buen señor que parecía una mezcla de pastuso con mexicano y que a pesar de haber fallecido, su negocio sigue tan campante como Johnie Walker.Últimamente los peluqueros de señoras decidieron atender también a caballeros de y sin fina estampa. Se hizo célebre la pareja conformada por Humberto Quevedo y Gonzalo Echeverri, decanos de la onda gay salida del clóset quienes -gajes del amor- se separaron. Humberto se fue a Bogotá pero está viniendo a Cali a peluquear y peinar señoras célebres y Gonzalo sigue en las mismas, alternando su labor con los últimos chismes sociales.Finalmente hubo un peluquero italiano que ejercía su oficio cantando arias de óperas famosas y atendía a domicilio. Ignoro qué se hizo pero cortaba el pelo mejor de lo que cantaba.