Duele lo que está sucediendo en San Andrés. El otrora paraíso colombiano con su mar de siete colores, sus playas infinitas de un blanco transparente, la isla de las barracudas de ojos azules, la de la exquisita comida y las gentes buenas, honestas y hospitalarias, está llegando a su fin. Y ya no es por el turismo invasivo, depredador y chancletero, aquel que vuelve eme esas playas únicas y ensucia el mar con sus deposiciones. O los nativos irresponsables que aliados con los urbanizadores arrasan palmas y vegetación para darle paso a los trancazos a casas y apartamentos, o a los gobiernos corruptos que uno tras otro se han robado a la isla en asocio con los mismos habitantes que han cambiado sus principios por un puñado de dólares. No. El problema es mayor, infinitamente mayor y su nombre no es otro que el narcotráfico. Sabíamos de la invasión de capos, traquetos y lavaperros que en su momento compraron media isla y hasta más. Ahí están sus vestigios en medio de ruinas y de alcantarillas. Mansiones, hoteles, multifamiliares, lotes y locales: todo abandonado cual mudo testigo de una época de bonanza que comenzó a horadar la moral de los isleños. Vino después el consumo del alcohol y de las drogas y con éstos el dinero fácil. Los pocos exponentes de esa cultura (!) se asentaron sigilosamente y no pocos se infiltraron en negocios hasta ese momento lícitos y limpios practicando el lavado de dólares que pululó en la isla. Pero pronto descubrieron que era el lugar excepcional para algo aún peor: el tráfico de drogas. Y así, silenciosamente, iniciaron el montaje de una actividad tan perversa como rentable: servir de punto de embarque para Latinoamérica, EE.UU. y hasta España. De lo anterior supieron en su momento las autoridades, quienes inexplicablemente nada hicieron frente a las evidencias que se les mostraban. Se limitaron entonces a repetir la manida frase aquí no pasa nada y en unión con el comercio y la hotelería se amangualaron para practicar el tapen-tapen. En alguna oportunidad este pajarraco llamó la atención en torno a este tema y por poco lo declaran persona no grata del paraíso, mientras que con pañitos de agua tibia distraían la opinión con el tema de las basuras -cierto-, el de la conservación del medio ambiente cierto-, el del estado de las vías -cierto-, el del agua y las cañerías -cierto-, y otros lunares menores. En tanto, el problema creció y creció hasta que se reventó: las bandas narcotraficantes se asentaron en San Andrés e iniciaron los recibos y los envíos disputándose las rutas y los mercados, y lo que hay hoy es un infierno con asesinatos a diario, con leyes del silencio, con zozobra permanente y un ambiente tenso y pesado en el que impera la ley del más fuerte. A tal punto ha llegado esta situación que un habitante de la isla comentó a Sirirí que los jóvenes ya no quieren estudiar y se están dedicando a vender gasolina a pocos kilómetros de la playa. La ganancia es del 3.000 por ciento, expresó, mientras dejó entender su tristeza y desasosiego. San Andrés ya sólo es un paraíso para exportar cocaína, reconoció enmudeciendo.