Su arrogancia era descomunal. Lo conocí como periodista en marzo del 2003. Mancuso era un poderoso comandante paramilitar vestido de camuflado con pistola al cinto y protegido con un gran cerco de sus gatilleros que cubría varios kilómetros. Mandaba desde una finca, camino de Tierralta, a una hora larga de Montería. Su mascota era un tigrillo en una amplia jaula cuyo cuidado le había sido entregado a su escolta personal, una agria exguerrillera del EPL con un historial de sangre. Macuso era entonces “El Señor”, como lo denominaban en la región.
Actuaba como el gobernador de Córdoba, decidía sobre la Universidad –quitaba y ponía profesores y empleados con el rector Claudio Sánchez, quien actuaba como ficha suya; decidía sobre las empresas prestadoras de salud –EPS- que utilizaba junto con ‘La Gata’, la reina del chance en toda la Costa, para lavar los millonarios recursos que entraban por corrupción y coca. Influía sobre la contratación pública y tenía a su cuñado de secretario de Salud en la gobernación del cacique liberal Jesús María López Gómez; hablaba con total conocimiento de los movimientos de la Brigada XI del Ejército con el general Mario Montoya como comandante de las FF.MM., pero lo más importante, la gente en Córdoba lo tenía como un héroe, ‘El mono Mancuso’, a quien trataban con respeto y agradecimiento.
No era el Ejército Nacional, eran los hombres de Mancuso, sus fieros paramilitares, a quienes se les debía reconocer la derrota a la guerrilla que asolaba la región.
Desde el año 2000 estaban dedicados al narcotráfico y el efectivo lo guardaban en cantinas herméticas, mientras lo ponían a circular; una tarea que involucraba a los distintos actores de la economía legal. Entre tanto se cocinaba el proceso de paz con el gobierno de Álvaro Uribe y habían apoyado a decenas de parlamentarios en las elecciones del 2022. Su conexión con el alto poder era evidente y hablaba con una seguridad pasmosa proyectándose como protagonista de la vida empresarial y política de Colombia. Un año después lo recibía un congreso con 35% de parlamentarios escogidos por ellos y aplaudí su discurso antisubversivo con el que buscaba inmortalizarse. El silencio cómplice del país fue total.
En el 2005, estaban firmando el Acuerdo Paz de Ralito con el gobierno del presidente Uribe, el mismo que extraditó a los trece jefes paramilitares tres años después. En una cárcel de máxima seguridad de EE.UU., permaneció Mancuso enterrado con su verdad. Se le volvió a ver hace unos años en el Tribunal de Justicia y Paz pidiendo perdón, secándose sus lágrimas de cocodrilo, por los 1500 crímenes cometidos bajo sus órdenes por los que ya fue condenado. Debe responder por 80 mil hechos criminales.
Todo bien mientras las víctimas continúen perdidas en pueblos y veredas, indefensas y pasen a la historia como referencia anónima del relato del conflicto colombiano. Pero Mancuso decidió hablar y sacudir las estructuras de poder y los tomadores de decisiones que las conforman.
Los golpes hicieron su trabajo y cuando se está en el abismo, los seres humanos se quiebran y la coraza del cinismo se resquebraja para que emerja, aunque sea a pedazos, la verdad. Así sean solo briznas de verdad. Una verdad que involucra a muchos que tendrán que responder, así sea solo con su propia vergüenza.