Hace un par de días, una buena amiga escribió un pequeño y a la vez contundente comentario en torno a una decisión política reciente: los valores no se venden. La frase quedó dando vueltas en mi mente, trascendiendo el contexto y el espacio en el que surgió, y abrió profundas inquietudes sobre el camino que recorremos, lo que somos realmente y la manera en que enfrentamos la vida.
Más allá de nombres propios y coyunturas políticas, la frase toca una fibra íntima: la tensión permanente entre lo que creemos y lo que estamos dispuestos a negociar, en una época que celebra la capacidad de adaptarse, de moverse, de ‘leer el momento’. Y, sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar cuándo esa flexibilidad deja de ser inteligencia y empieza a convertirse en renuncia.
Si bien es cierto que no todo cambio significa una traición, también lo es que no siempre es evolución. A veces es cálculo, a veces es conveniencia o, simplemente, acomodarse donde resulta más útil o rentable. Y ahí es donde la línea se vuelve difusa.
Cuando los valores empiezan a transarse con demasiada facilidad, se erosiona la coherencia de una persona y la confianza de quienes la rodean: la confianza en la palabra, en los liderazgos, en las instituciones. Aparecen las sombras y entonces ya nada sorprende: todo se justifica, todo ‘tiene su razón’.
En ese terreno resbaloso, la ética deja de ser un pilar y se convierte en una sustancia frágil y maleable, algo de lo que hacemos alarde, pero que escondemos cuando no es conveniente. Quizás por ello la decisión de no ceder en lo esencial suele verse como ingenuidad o como un defecto. Como si sostener una convicción fuera una forma de rigidez, y no un acto de carácter. Como si defender aquello en lo que se cree, con argumentos y convicción, resultase un acto de terquedad.
Hay algo que vale la pena revisar en esa lectura: los valores no son un lujo ni un adorno que lucimos cuando una situación lo exige. Son la base sobre la que se construye la credibilidad, la dignidad, la honra, esos devaluados ‘activos’ que deberían regirnos siempre. Porque quien decide, conscientemente, que no está dispuesto a venderse, establece límites. Y en un mundo donde casi todo parece negociable, los límites son una forma de liderazgo genuina, de honestidad, de fidelidad a lo que se cree y se es, incluso cuando no seamos mayoría. Nada más honesto que saber que fuimos consecuentes con lo que nos movió, siempre.
La frase de mi amiga, entonces, deja de ser un juicio sobre un hecho puntual y se convierte en una pregunta necesaria: ¿cuáles son nuestros propios puntos de quiebre? ¿Qué estamos dispuestos a ceder y qué no, cuando las circunstancias aprietan? ¿En qué momento empezamos a justificar lo que antes nos parecía inaceptable? ¿Cuántas veces hemos llamado “pragmatismo” a lo que en el fondo es renuncia? ¿En qué pequeñas decisiones, casi invisibles, comenzamos a negociar aquello que jurábamos innegociable?
Tal vez la respuesta no esté en los grandes dilemas, sino en las pequeñas decisiones cotidianas. En esos lugares es más fácil convencerse de que no pasa nada. Ahí es donde realmente se prueba todo y cuando deberíamos ser más conscientes del paso que estamos dando.
Porque los valores no se venden de un momento a otro. Se van cediendo, poco a poco, hasta que un día ya no queda claro qué era lo que, al principio, parecía innegociable. Y ese sí que es un acto profundamente político.
@pagope