En un mundo que premia la visibilidad, vivimos con la obsesión de ser relevantes. Que nos lean, nos escuchen, nos compartan y nos sigan. Que una frase haga clic, que una opinión provoque reacciones, que una publicación alcance a miles. Poco a poco, hemos convertido las cifras de audiencia en una medida de nuestro valor y confundido el ruido que hacemos con lo que tenemos para decir. Pero ¿los clics nos hacen relevantes o apenas nos vuelven visibles?
Ser relevante es una aspiración legítima; hay quienes han hecho de su presencia en las redes sociales una profesión, una empresa y una fuente de ingresos, y está bien, sería absurdo desconocer estas oportunidades. La pregunta es qué hacemos con la posibilidad de llegar a tanta gente y qué hay detrás de lo que mostramos.
Porque una cosa es tener audiencia y otra, tener criterio; una cosa es dominar el lenguaje que funciona en las redes y otra, comprender aquello de lo que hablamos. La diferencia puede pasar inadvertida entre miles de reproducciones, pero se vuelve evidente cuando hace falta argumentar, dar contexto y sostener una conversación que vaya más allá de una frase ingeniosa.
Un estudio de la Unesco publicado en 2024 encontró que el 62 % de creadores de contenido digital no verifica con rigor la información antes de compartirla. Al mismo tiempo, el 73 % manifestó interés en recibir formación para hacerlo. Dos cifras que hablan de una responsabilidad enorme, así como de una oportunidad para mejorar.
Según una investigación del Instituto Reuters, publicada este año, el 51 % de las personas de 18 a 24 años que usan redes sociales para informarse presta más atención a creadores individuales de noticias que a medios tradicionales o periodistas, que alcanzan el 39 %. Me preocupa esa carrera por opinar de todo, encontrar el ángulo que genera controversia o dar con la palabra que garantiza atención. Parece que detenerse a estudiar, reconocer que desconocemos un tema o dedicar tiempo a comprenderlo fuera una nimiedad. La velocidad termina imponiéndose sobre la reflexión.
Aprender exige tiempo, leer, preguntar, equivocarse, contrastar fuentes, escuchar a quienes saben más, revisar las propias certezas. Formarse implica aceptar que la experiencia en un campo no nos convierte en especialistas en todos. Siempre hay algo por descubrir y la humildad intelectual es indispensable para crecer.
Admiro a quienes se construyen lejos del ruido; estudian cuando nadie les está mirando, trabajan duro aunque sus resultados tarden en llegar y entienden que el conocimiento se cultiva. También a quienes han logrado reunir grandes audiencias alrededor de contenidos valiosos. Ojalá fueran cada vez más.
Lo preocupante es acostumbrarnos a decir cualquier cosa porque funciona; convertir la ligereza en una marca personal, la provocación en argumento y estar en la cresta de la ola en una forma de vida. También tenemos una responsabilidad como audiencia. ¿Qué compartimos? ¿A quién escuchamos? ¿Qué voces ayudamos a amplificar? Cada clic y cada reproducción contribuyen a decidir qué ocupa espacio en la conversación pública.
Quizás deberíamos preguntarnos con más frecuencia qué significa realmente ser relevantes. ¿Que nuestro nombre circule durante unas horas? ¿Que una frase se vuelva tendencia? O que nuestras ideas, nuestro trabajo dejen algo valioso.
Sigo creyendo en el camino largo: estudiar, nutrirse, crecer y seguir aprendiendo, incluso cuando nadie aplaude. En construir una voz propia, con conocimiento y criterio, capaz de ir más allá de lo que funciona por un instante.
Los clics pueden medir la atención que despertamos, pero no necesariamente el valor de lo que aportamos. La relevancia que perdura necesita conocimiento, criterio y una voz capaz de sostenerse mucho después de que pase la tendencia.
@pagope