El Valle del Cauca nunca fue solamente un valle. Nuestra historia se forjó entre la llanura, la sierra y el mar. Entre el río Cauca, las cordilleras, el Pacífico y una de las regiones más biodiversas del planeta. Y quizás fue precisamente esa mezcla geográfica, humana y cultural la que terminó definiendo lo que somos: una región abierta, diversa y profundamente conectada con el mundo.
Con la creación del departamento en 1910 empezó a consolidarse un modelo regional que entendió temprano algo fundamental: el desarrollo dependía de la conexión. La apertura del Canal de Panamá, la llegada del Ferrocarril del Pacífico y la conexión vial con el interior transformaron para siempre el destino económico del Valle.
Mientras buena parte del país seguía mirando hacia el Atlántico, el Valle entendió la importancia estratégica del Pacífico. Buenaventura se convirtió en la principal puerta de comercio exterior de Colombia, y por allí no solo entraron mercancías. También llegaron maquinaria, capital, tecnologías, ideas y culturas que ayudaron a modernizar el Valle y buena parte del país.
El Valle no solo movía mercancías. Movía modernidad.
Esa conexión permitió consolidar una de las agroindustrias más sofisticadas de América Latina, y alrededor de ella crecieron industrias de alimentos, farmacéutica, papel, metalmecánica y servicios, hasta conformar uno de los tejidos económicos más diversos de Colombia. Llegaron empresas nacionales y multinacionales que no solo trajeron inversión: también forjaron una cultura empresarial basada en la innovación, la productividad y la capacidad de competir globalmente.
Detrás de ese proceso existió una poderosa articulación entre ciudadanía, liderazgo cívico, academia y sector privado. El Valle entendió temprano que el desarrollo era una tarea colectiva. Incluso nuestra matriz energética refleja esa capacidad de adaptación: biomasa, energía hidráulica, solar y otras renovables que hoy posicionan al Valle como una región estratégica para la transición energética y la bioeconomía.
Pero esa conexión con el mundo no solo transformó nuestra economía. También moldeó nuestra identidad. El Pacífico conectó esta región con herencias africanas y ancestrales que marcaron profundamente nuestra cultura. La música del Pacífico, la tradición oral, la cocina y las expresiones afrodescendientes hacen parte esencial de lo que somos. Y por Buenaventura también llegarían sonidos del Caribe y del mundo que Cali transformaría en algo propio: la salsa.
Así, el Valle fue construyendo una identidad donde convivieron migraciones, acentos, sabores y expresiones distintas. La grandeza del Valle nunca estuvo en pensar igual, sino en convertir la diferencia en una fuerza colectiva.
Los Juegos Panamericanos de 1971 simbolizaron como ningún otro momento esa capacidad de pensar en grande. Cali y el Valle le mostraron al país una región moderna, optimista y capaz de construir infraestructura, civismo y autoestima colectiva alrededor de un propósito común. No fue casualidad que el Valle se convirtiera en la tercera economía de Colombia y en una de las regiones con mayor diversidad productiva del país.
Sin embargo, en algún momento dejamos de construir un relato colectivo sobre quiénes éramos y hacia dónde queríamos ir.
La apertura económica golpeó buena parte de nuestra industria en los años noventa. El narcotráfico no solo afectó la seguridad: erosionó instituciones, alteró referentes culturales e instaló la cultura del dinero fácil y la pérdida del mérito. El departamento empezó a fragmentarse social y territorialmente. Dejamos de pensarnos como región. Y en medio de esas fracturas, discursos basados en el resentimiento y el odio hacia la empresa encontraron terreno fértil, especialmente en sectores que durante años sintieron que el progreso no llegaba con la misma fuerza.
Hoy esa combinación —fragmentación, desconfianza e indignación— es quizás el mayor obstáculo para volver a construir juntos. Tal vez el mayor desafío del Valle hoy no sea económico, sino el de recuperar la confianza en sí mismo.
Porque el Valle sigue teniendo todo para liderar: biodiversidad, talento, capacidad empresarial, riqueza cultural, ubicación estratégica y una enorme capacidad de resiliencia. El Valle del Cauca no necesita inventarse una nueva identidad. Necesita despertar la que alguna vez lo convirtió en una de las regiones más dinámicas, abiertas y pujantes de Colombia.
Volver a creer que entre todos podemos construir un Valle más grande, donde quepamos con nuestras diferencias y del que podamos volver a sentirnos orgullosos.
Porque ninguna región se transforma esperando salvadores. Las regiones se transforman cuando millones de ciudadanos deciden aportar desde donde están. Cuando pasan de la indignación a la proposición, de la queja a la acción y del odio a la esperanza.
@edwinhmaldonado