Los vi sufriendo ante Cabo Verde, con miradas extraviadas como diciendo: ¿qué está pasando?; liquidados ante Egipto, con un 2-0 en contra faltando diez minutos; cargando el peso de la historia ante Inglaterra, que se fue arriba 1-0.

Alcancé a celebrar, incluso. Soy de los colombianos que eligieron a Brasil como su segunda selección, y a Cristiano por encima de Messi; le hago fuerza al rival de turno de Argentina desde aquella Copa América en nuestro país a la que se negaron a asistir. Pero el desenlace fue el mismo: Argentina remontó y mi satisfacción de los primeros 80 minutos se transformó en sorpresa y, lo admito, en desazón tras el pitazo final.

Por momentos llegué a pensar que era una estrategia: un equipo que se deja dominar, que parece no tener respuestas y hasta disfruta que lo subestimen. Hasta que, en el momento preciso, recuerda que es el campeón del mundo. Quién sabe.

Lo cierto es que la épica de Argentina en este Mundial 2026 terminó despertándome una pregunta: ¿de dónde sale eso que quienes amamos el fútbol llamamos jerarquía, huevos, esa capacidad de imponerse incluso cuando el rival juega mejor? ¿Qué tienen ellos que tanto extrañamos en el deporte colombiano?

Recordé una anécdota. Estaba en Buenos Aires, de vacaciones, y como no podía faltar, uno de los planes era conocer la Bombonera y el Monumental de River. Camino a este último me perdí, así que me acerqué a un puesto de revistas —cuando todavía existían los puestos de revistas— y pregunté, inocente:

—¿Cómo llego al Monumental?

El vendedor endureció el rostro, casi como si acabara de insultarlo.

— La muerte te avisará.

Solo cuando se dio la vuelta noté, colgada a su izquierda, una bandera de Boca Juniors. Entendí entonces que eso que llamamos pasión por el fútbol, en Argentina es otra cosa. Allá es la vida misma.

Hace unos años El Loco Marcelo Bielsa lo explicó durante una entrevista en televisión. “La principal virtud del futbolista argentino es la rebeldía contra la derrota. Tiene un deseo de triunfo que le abre las puertas en todos lados. Ese Simeone que quiere ganar como sea y está muy dolido si pierde, ese es el futbolista argentino. Y ese es el argentino: un rebelde ante la derrota. Por eso en Suramérica nos quieren muy poco. Siempre me pregunté por qué, y es porque tenemos un deseo tan grande de ganar que genera un sentimiento antagónico: te admiro y te desprecio, todo junto”.

Justo como me pasa a mí. Deseo que Argentina pierda, pero admiro que casi siempre encuentre la manera de ganar.

Sin embargo, creo que las explicaciones no terminan ahí. Durante años hemos repetido que “a Argentina la ayudan”. Que los árbitros, que la FIFA, el chiste del momento es que el país se llama Infantina. Pero más allá de las polémicas arbitrales que siembre han existido, hay algo evidente: es un equipo al que nada de eso que se dice por la opinión pública parece distraer. Cuanto más cuestionado está desde afuera, y por sus mismos rivales dentro de la cancha, más unido se muestra. Y eso tal vez se deba a lo que les ha inculcado su entrenador, Lionel Scaloni.

En una charla informal que se filtró a las redes sociales, hace unos años les dijo justo después de vivir un momento difícil en un partido, tras casi 40 juegos invictos:

“Vos podés laburar lo que quieras. Pero tenemos que estar acostumbrados a perder, boludo. Tenemos que saber que podemos perder. Porque primero hace un montón de años que no ganábamos nada y, segundo, porque forma parte del juego y del aprendizaje. De lo contrario todo sería muy fácil. Lo importante de la derrota es reponerse. Te reponés y no hay quién te pare”.

Tal vez esa sea la mayor lección de esta Argentina. No solo la rebeldía contra la derrota de la que hablaba Bielsa, sino la capacidad de convivir con ella, de aceptarla, sin que el miedo les gane, los paralice. Entonces remontan partidos que otros equipos dan por perdidos como ese 0-2 ante Egipto en el minuto 80.

Este domingo volveré a sentarme frente al televisor y, pese a todo, le haré fuerza a España. Sí, sigo queriendo que Argentina pierda. Pero también la sigo admirando. Porque esta selección ha conseguido que se le recuerde por algo más importante que su fútbol o los títulos: que millones de personas intentemos llevar a la vida diaria las lecciones que deja en una cancha: la rebeldía contra la derrota, la capacidad de levantarse cuando todo parece perdido, la convicción de que un mal momento no define el resultado final.