Hace poco más de cuarenta años el país tuvo el Mundial en las manos y Belisario Betancur lo devolvió; dijo que Colombia no estaba lista, ni en estadios ni en plata ni en cabeza. La pregunta no es si lo merecíamos entonces, sino si llegado 2030 o 2034, seguiríamos en la misma conversación, solo que con mejor producción audiovisual.
Un Mundial no se gana con discursos de unidad nacional, sino con al menos una década de inversión sostenida, seguridad jurídica de largo aliento y un clima que permita a una constructora saudí o una cadena hotelera española comprometer capital pensando en 30 años, no en el próximo cambio de gobierno. Viene a cuento justo ahora, con la medio bobadita que nos jugamos el próximo domingo, y con el riesgo de seguir en la línea de un gobierno que juega a la confrontación con el capital, que convierte cada reforma en pulso ideológico, que trata al inversionista como sospechoso por definición.
Luego está la seguridad. Londres llenó la ciudad de circuitos de vigilancia tras 2005 y bastante ayudaron, pero lo que de verdad la volvió segura para eventos masivos fue la policía de proximidad, calles vivas hasta tarde, transporte nocturno confiable, espacio público que la gente usa y por eso cuida, ese tipo de entorno limpio y armónico que vemos en cada transmisión mundialista, con calles que parecen hechas para la postal. En Colombia podemos seguir instalando cámaras, pero nada ganamos si tenemos ciudades que todavía no logran que sus calles se sientan seguras a ninguna hora, y mucho menos bonitas.
Seguimos sin resolver que el desacuerdo no termine a golpes, que el espacio público sea de todos y no de quien grite más fuerte o llegue armado de machete. Lo hemos visto en conciertos, en partidos, en celebraciones que terminan en tragedia, muertos por una rivalidad de barrio o una mirada mal recibida. Es un patrón que llevamos décadas repitiendo sin que nadie lo toque de fondo, y que no se arregla con una campaña de tres meses antes del pitazo. Se arreglaría, si acaso, con escuela y política sostenida durante años, algo en lo que ningún gobierno invierte porque no da votos.
En Brasil 2014 el problema no fue solo lo costoso de los estadios, sino haber priorizado la obra vistosa sobre un plan de uso futuro, y al igual que en Catar, varios están subutilizados. La vara sigue subiendo, lo que sirvió para esos mundiales ya quedó corto frente a Norteamérica 2026, cuyas instalaciones marcan una vanguardia tecnológica a la que ninguno de los nuestros se acerca. Tenemos algunos que posan de modernos, y todavía creemos que con maquillarlos un poco alcanza. El problema real está en lo que falta para conectarlos con aeropuertos, carreteras y trenes a la altura.
Y ahí aparece la otra cara del asunto, la del destino, esa capacidad de un país para venderse como experiencia completa y no solo como sede de partidos. Somos un país de geografías que podría repartir un Mundial entre el Caribe, los Andes, el Pacífico y los Llanos, pero hoy esa riqueza es apenas un catálogo de postales que no se hablan entre sí. Solo dejará de serlo el día en que exista, de verdad, lo que las conecte.
La decisión de 1983 fue correcta, evitó un fracaso mayor. Y siendo realistas, a nadie debería quitarle el sueño si algún día somos sede o no, eso no define el destino de un país, pero el ejercicio sirve como espejo, porque ahí están, intactos, los mismos pendientes de siempre: inversión estable, ciudades seguras y caminables, cultura ciudadana madura, infraestructuras, comodidad… Resolverlos no nos traería automáticamente un Mundial, pero sí el país que de verdad necesitamos, con o sin balón de por medio.
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Claridades: En siete días elegimos si el próximo gobierno sabe combinar orden, agenda social y reglas claras para quien invierte. ¿O seguiremos creyendo que esas cosas son incompatibles?