Cuidar lo que sentimos también hace parte de reconstruir la ciudad después del terremoto. Porque hay cosas que nuestra ciudad solo descubrió de sí misma después de la tragedia, como cuánto puede cambiar la vida cuando aquello que parecía seguro dejó de serlo, la casa, el barrio, la rutina, el lugar de trabajo, la calle conocida. El terremoto movió la tierra durante unos segundos, pero recuperar la sensación de estar a salvo tomará mucho más.
En el reciente encuentro Cali se Levanta, antesala de ‘ExpoSer’, organizado por Coomeva, tres expertos ayudaron a mirar ese proceso. El médico y escritor Santiago Rojas habló del duelo y de las diferentes pérdidas que puede dejar una tragedia. Hay quienes perdieron a un ser querido; otros, su vivienda, sus bienes o su negocio. Hay personas que conservan su casa, pero tienen miedo de volver a entrar. Y también están quienes no tuvieron pérdidas materiales y, sin embargo, quedaron con el cuerpo en alerta después de sentir cómo el suelo se movía bajo sus pies.
El psicólogo clínico Luis Eduardo Peña explicó cómo una experiencia súbita, impredecible e incontrolable puede alterar profundamente nuestra respuesta emocional. El miedo se manifiesta en el cuerpo y cambia nuestras conductas; aparecen los sobresaltos, la tensión, el insomnio, la dificultad para concentrarse, la necesidad de revisar noticias constantemente o el temor a quedarse solo. Hay una idea especialmente importante en todo esto: saber que el peligro terminó y sentir que terminó no siempre ocurren al mismo tiempo. Quizás eso ayude a comprender lo que está viviendo Cali, porque una evaluación puede determinar que un edificio es seguro, pero el cuerpo puede necesitar más tiempo para creerlo. Podemos saber que una réplica es poco probable y, aun así, despertarnos ante cualquier ruido durante la noche.
Hernán Rincón, psiquiatra experto en tratar el estrés, llevó la conversación hacia ese territorio donde la seguridad deja de ser una idea y se convierte en una experiencia corporal. Frente a una amenaza, el organismo responde antes de que alcancemos a ordenar racionalmente lo que ocurre. Y cuando el peligro desaparece, esa alarma no se apaga tan rápido.
Por eso, la reconstrucción de Cali tendrá que ocuparse de dos dimensiones que están profundamente relacionadas, una será visible: reparar viviendas, recuperar edificios, restablecer negocios y devolverle a la ciudad sus espacios cotidianos. La otra ocurrirá en silencio, en el cuerpo y en la memoria de quienes todavía sienten temor.
Por eso resulta tan importante la presencia de los demás. Una llamada para preguntar cómo estamos, el saludo del amigo que toca la puerta, una familia que vuelve a reunirse o una comunidad que organiza una velatón. Lo vimos el jueves 10 de septiembre, en la conmemoración del mes del terremoto. Recordar, acompañarnos y reconocer el dolor de quienes perdieron a alguien, así como celebrar la vida de quienes sobrevivieron, son formas de cuidado que necesitamos mantener.
Lograr que Cali vuelva a sentirse segura, desde lo personal hasta lo colectivo, es una de las tareas más importantes. La recuperación emocional debe hacer parte de la recuperación de la vida cotidiana. Para que muchas personas vuelvan a sentirse seguras necesitan saber dónde dormir, tener información confiable, recuperar sus ingresos, abrir el negocio y contar con espacios para encontrarse.
Porque una ciudad también se sostiene en esas relaciones que muchas veces no vemos, en las redes que tejemos y que nos sostienen cuando más falta hace. Cuidarlas, acompañarnos y recuperar la confianza en la vida cotidiana también hacen parte de esa otra reconstrucción. Y Cali tendrá que hacerlo junta. @pagope