En las últimas semanas, tres altos funcionarios del gobierno pasado han decidido denunciar corrupción, irregularidades y malas prácticas en la administración que encabezó el señor Petro. Todas tienen en común relatos de una trama propia de la mafia y una absoluta incoherencia con el proyecto transformador y renovador que en algún momento ilusionó a una mayoría ciudadana.
La historia empezó con las denuncias de Angie Rodríguez, ex directora del DAPRE y mano derecha del ex presidente Petro por un tiempo. Rodríguez se ha referido a Petro como un líder que permitió que la corrupción permeara su entorno inmediato y que, a pesar de tener todas las facultades para hacerlo, nunca castigó a quienes hacían mal uso del poder en su gobierno. También el ex embajador en Suecia, Guillermo Reyes, alertó hace dos meses sobre los posibles motivos de la presencia de la ex primera dama Verónica Alcocer en Estocolmo y dejó inmensas dudas sobre la ética pública del círculo más cerrado de la familia presidencial.
Este fin de semana, Eva Ferrer, quien ocupó el cargo nada más y nada menos que de alta consejera presidencial, dio una entrevista extensa y alarmante a la Revista Semana en la que acusó al círculo más cercano del gobierno pasado de corrupción y de delitos tan graves como narcotráfico y lavado de activos. Ferrer había hablado recientemente en medios de comunicación y ha entregado versiones contradictorias y disonantes sobre los mismos hechos, por lo que su testimonio hay que leerlo con pinzas, porque más parece su búsqueda de liberarse de cualquier culpa y de golpear a sus rivales. Sin embargo, se suma a tantas voces que hicieron parte del alto gobierno que hoy denuncian su forma de proceder y reiteran que escándalos como el de la UNGRD están lejos de ser un caso aislado.
La imagen, de la manera más objetiva posible, es cada día más clara y concisa: el gobierno Petro está por todos los lados rodeado de escándalos de malos manejos de los recursos públicos, así como la presencia de los intereses más indebidos en el entorno cercano del mandatario. Escoger no verlo es un acto de fanatismo, mientras las pruebas y testimonios solo crecen con el paso del tiempo. El problema es que muchos han decidido cerrar los ojos y no creer nada que contradiga la idea de que su líder jamás se equivocaría.
Quienes más defienden al expresidente Petro deciden no creer en muchas de las acusaciones en contra suya, y de su entorno más cercano, siempre desde los reparos frente a quien hace las denuncias y quien las publica. Si el medio que las difunde es Caracol Radio, empiezan de inmediato los ataques a su director y los cuestionamientos a la investigación. Si las revelaciones las hace Semana, recurren a los ataques a su línea editorial –como hace 20 años Uribe, desde su orilla, también señalaba a la antigua Semana–. No sé, francamente, si desde el petrismo y todos los movimientos semejantes, construidos sobre el fanatismo, están a la espera de que llegue un denunciante idóneo para ahí sí creerle.
Todo esto tiene una explicación clara: hay quienes no quieren ver una realidad más que evidente porque el peso de la ideología suele ser mayor al de la razón, así como el deseo de tener la razón le gana al deber de reconocer los errores. Y entonces recurren a una práctica tan antigua como la política misma, que es arremeter contra el mensajero y poner en duda su profesionalismo. Pero esto se vuelve imposible e insostenible cuando los mensajeros son decenas y el mensaje de todos apunta hacia una realidad cada vez más innegable.
Todo lo que rodea al círculo más cercano al petrismo –sus prácticas, sus intenciones y su forma manipuladora de torcer la verdad– es turbio y llegará el momento en que el país entienda que la retórica populista no es justificación suficiente para cerrar los ojos frente a lo innegable.
FERNANDO POSADA
@fernandoposada_