Las familias colombianas están cambiando. Donde antes era común encontrar hogares con tres o cuatro hijos, hoy vemos parejas con uno solo, personas que viven solas y familias en las que las mascotas ocupan un lugar cada vez más importante. Detrás de estas nuevas formas de vivir hay cambios culturales y mayores libertades para elegir, pero también una realidad económica que merece atención pues, para muchas personas, construir la familia que desean puede ser más difícil de lo que parece.

Las cifras muestran que no se trata de una impresión. Según el Dane, el tamaño promedio de los hogares pasó de 3,10 personas en 2019 a 2,82 en 2025, una reducción cercana al 9 % en apenas seis años.

Durante décadas, tener hijos fue una etapa esperada de la vida adulta. Hoy existen más posibilidades de elegir y eso representa un gran avance. Las mujeres tienen mayores oportunidades educativas y laborales, las prioridades personales han cambiado y muchas personas encuentran formas distintas de construir una vida satisfactoria. Sin embargo, atribuir la reducción del tamaño de las familias únicamente a nuevas preferencias sería desconocer el peso de las condiciones económicas.

La Ocde ha estudiado esta relación y encontró que los mayores costos de vivienda están asociados con menores tasas de fecundidad. Tener hijos exige estabilidad, espacio y recursos para su cuidado y educación. Cuando los gastos comunes absorben una parte importante de los ingresos, la estabilidad se afecta y un segundo hijo supone comprometer todavía más el presupuesto. Las decisiones familiares empiezan a depender tanto de las posibilidades económicas como de los deseos personales.

También está cambiando la manera como las nuevas generaciones construyen patrimonio. Comprar vivienda continúa siendo una aspiración importante, pero el precio de los inmuebles y la capacidad de ahorro pueden dificultar que se alcance en las etapas tempranas de la vida. No significa que nuestros padres lo tuvieran más fácil, sino que necesitamos comprender mejor las condiciones actuales antes de comparar las decisiones de generaciones distintas.

En ese contexto, las mascotas han ganado protagonismo dentro de los hogares. No necesariamente reemplazan a los hijos, porque las decisiones sobre maternidad y paternidad son mucho más complejas, pero sí reflejan nuevas formas de compañía y afecto. El punto no es determinar cuál modelo de familia es mejor, sino reconocer que algunas decisiones pueden estar condicionadas por restricciones que no siempre son perceptibles a simple vista.

Esta transformación plantea desafíos para Colombia. Una población que envejece y tiene menos hijos necesitará nuevas respuestas en materia de vivienda, productividad, pensiones y cuidado. Facilitar el acceso a vivienda y fortalecer los servicios para la primera infancia son parte de esa respuesta. También existen buenas experiencias empresariales que demuestran que el bienestar de las personas y la competitividad pueden avanzar juntos, una lección valiosa para pensar el desarrollo del país.

Pero hay algo que podemos empezar a cambiar desde nuestra propia mirada. Antes de cuestionar por qué los jóvenes aplazan tener hijos, viven solos, conviene entender las condiciones en las que están construyendo su futuro. No necesitamos recuperar las familias de antes ni convencer a nadie de tener más hijos. Necesitamos una sociedad donde las personas tengan oportunidades reales de elegir la vida que desean, sin que las limitaciones económicas terminen tomando esa decisión por ellas.