Por Luis Fernando Rodríguez Velásquez, arzobispo de Cali.
Cuando estamos inmersos en el fenómeno de El Niño, aún apesadumbrados por el terremoto del 10 de agosto, con noticias diarias de incendios forestales en nuestro país, vale la pena recordar a histórica encíclica del papa Francisco, Laudato Sí.
“El agua potable y limpia representa una cuestión de primera importancia, porque es indispensable para la vida humana y para sustentar los ecosistemas terrestres y acuáticos. Las fuentes de agua abastecen a sectores sanitarios, agropecuarios e industriales. La provisión de agua permaneció relativamente constante durante mucho tiempo, pero ahora en muchos lugares la demanda supera a la oferta sostenible, con graves consecuencias a corto y largo término. Grandes ciudades que dependen del nivel de almacenamiento de agua, sufren períodos de disminución del recurso, que en momentos críticos no se administra siempre con gobernanza y con imparcialidad. En algunos países hay regiones con abundante agua y otras que padecen grave escasez”.
“Este mundo tiene una grave deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable, porque es negarle el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable. Esa deuda se salda con aportes económicos para proveer de agua limpia y saneamiento a los pueblos más pobres. Pero se advierte un derroche de agua no sólo en países desarrollados, sino también en menos desarrollados que poseen grandes reservas. Esto muestra que el problema es en parte educativo y cultural, porque no hay conciencia de la gravedad de esas conductas en un contexto de inequidad” (LS, 30).
“Una mayor escasez de agua provocará el aumento del costo de alimentos y de productos que dependen de su uso. Estudios alertan sobre la posibilidad de sufrir escasez aguda de agua en pocas décadas si no se actúa con urgencia. Los impactos ambientales afectarían a miles de millones de personas, pero es previsible que el control del agua por grandes empresas mundiales se convierta en una de las principales fuentes de conflictos de este siglo” (LS, 31).
La Iglesia prende las alarmas sobre la importancia del agua y la necesidad de cuidarla. En el lenguaje bíblico, el agua nos habla de la fuerza del Espíritu Santo, pero en el lenguaje natural, el agua no solo calma la sed, sino que es fuente de vida para la creación. La tierra sin agua muere. Lo vemos en algunos lugares de nuestro territorio, donde los animales mueren de sed, las plantaciones dejan de dar fruto, se favorecen las quemas forestales y el ser humano padece por las restricciones impuestas por las autoridades. ¡Cuidemos el agua, todos la necesitamos!