Por Héctor Fabio Fernández O., delegado Comunicaciones
La pasión, según San Mateo, nos coloca hoy ante el misterio más grande del amor de Dios: un amor que no se queda en palabras, sino que se entrega hasta el extremo. En este relato contemplamos a Jesús avanzando, paso a paso, hacia la cruz, no como víctima de un destino trágico, sino como quien decide libremente amar hasta el final.
Todo comienza con una traición. Judas vende a Jesús por treinta monedas, recordándonos que el corazón humano puede perderse cuando deja de mirar a Dios. Pero incluso ahí, Jesús no responde con odio; responde con mansedumbre. En Getsemaní lo vemos orar en la noche oscura, abrazando la voluntad del Padre. Su sufrimiento no es teatral: es real, profundo, humano. Y, sin embargo, en medio de esa angustia, Jesús nos enseña que la verdadera libertad nace de confiar.
Luego aparece Pedro, que promete fidelidad y termina negándolo. Cuántas veces también nosotros fallamos. Pero Jesús no deja de mirarlo con misericordia. Esa mirada que transforma es la misma que hoy se posa sobre nosotros.
En el juicio, Jesús calla. No porque no tenga verdad que decir, sino porque su silencio revela la verdad más grande: el amor no necesita imponerse. En la cruz se revela el amor verdadero; Mateo nos muestra a un Jesús que grita, que siente el abandono, que experimenta la soledad humana. Aun así, su entrega abre un camino nuevo; la muerte no tiene la última palabra.
La pasión no es solo un recuerdo; es una invitación. Jesús nos muestra que el amor verdadero cuesta, que perdonar duele, que ser fiel implica cargar cruces. Pero también nos revela que cada gesto de entrega transforma el mundo. Hoy, al contemplar la pasión, dejemos que el amor de Cristo toque nuestras heridas, ilumine nuestras sombras y nos haga capaces de amar como Él: sin medida, sin miedo, sin condiciones.