‘Keiko de la Espriella’ es la imagen de una reacción política en dos países fronterizos, culturalmente cercanos y entrelazados por la economía. Cerca de US$2700 millones en comercio bilateral, medio millón de viajeros anuales entre Colombia y Perú, más de 300 empresas colombianas operando en Perú. Un resultado con dos rostros, pero una misma necesidad política.

La victoria de Keiko Fujimori concentró el voto de quienes buscan estabilidad frente al desgobierno que provocó en cinco años la vacancia de tres presidentes, uno más pintoresco que el otro, y frente a una criminalidad fragmentada pero no menos peligrosa: bandas de extorsión, sicarios, mafias mineras, clanes como Los Pulpos y el Tren de Aragua. Abelardo de la Espriella encarna a una ciudadanía cansada de un presidente errático, del desorden y de un Estado que crece —más débil e ideologizado—, que cobija a los violentos y no protege a los vulnerables, mientras el Clan del Golfo, el Eln y las disidencias de las Farc controlan economías ilegales, corredores estratégicos y cerca de un tercio del territorio. Por eso, el título no es un juego de palabras.

‘Keiko de la Espriella’ es el nombre de una derecha que vuelve no por nostalgia, no por unanimidad, no por devoción ideológica, sino por hartazgo ciudadano. Es el nombre contra un progresismo radicalizado y alejado de la realidad que terminó administrando la improvisación y multiplicando la incertidumbre. Su fracaso no fue solo de gobierno; también fue de libreto, al presentar candidaturas casi siamesas con las mismas falencias.

En Perú, Roberto Sánchez se acompañó de Brígida Curo, candidata indígena a la vicepresidencia —investigada por los disturbios de 2023—, cuya propuesta era la Asamblea Constituyente y la nacionalización de los recursos naturales. Sánchez selló coalición con el partido de Pedro Castillo —condenado por el intento de golpe de 2022— y con el líder etnonacionalista Antauro Humala, quien proponía fusilamientos, ruptura constitucional y recuperar ‘por la vía diplomática o armada’ lo perdido ante Chile en 1883. En Colombia, Cepeda calcó con Aída Quilcué la misma agenda de constituyente y reforma agraria, y la promesa de continuar la ‘paz total’: la misma bajo la cual el Eln desplazó a cerca de 100.000 personas en el Catatumbo en 2025. En ambos países, la misma operación: invertir la historia y la narrativa con fines políticos.

Si algo está claro, es que el votante se cansó de la política como espectáculo: del candidato que no debate ni propone con claridad, del que ensucia las paredes como mural político y de las amenazas de fraude, paro y bloqueos de quienes dicen representar a todos. Se cansó de la política farandulera que retrocede en calidad mientras se proclama la voz del pueblo.

‘Keiko de la Espriella’ no es un cheque en blanco. Es una victoria estrecha, y quien gana así tiene la obligación de gobernar con firmeza, pero también con inteligencia. Corregir el desorden no basta: hay que atender los desafíos sociales que lo alimentan. El verdadero desafío de Keiko Fujimori y Abelardo de la Espriella será demostrar que la derecha puede ser más que una reacción: convertir la afinidad entre Perú y Colombia en una agenda común —reactivar la Alianza del Pacífico, darles dientes a la COMBIFRON y al Gabinete Binacional, articular con el SOUTHCOM el flanco del narcotráfico y de la minería ilegal— que le dé a la región seguridad, inversión y estabilidad.