En 2026 se conmemoran dos efemérides que invitan a una reflexión renovada sobre una de las figuras más influyentes de la interpretación bachiana del Siglo XX: el centenario del nacimiento de Karl Richter (1926–1981) y los 45 años de su fallecimiento. Nacido en Plauen, Alemania, e hijo de un pastor protestante, creció inmerso en la tradición litúrgica luterana, herencia que cimentó su visión de la música sacra. Richter no fue solo un director; fue un virtuoso organista y clavicembalista excepcional, cuya maestría en los teclados fundamentó su rigor arquitectónico. Bajo su liderazgo, reunió a los mejores instrumentistas y cantantes de su tiempo para fundar la Orquesta y el Coro Bach de Múnich, agrupaciones de renombre mundial que se convirtieron en el vehículo perfecto para su mensaje.
La música religiosa de Bach constituye un corpus de extraordinaria unidad, donde la elaboración contrapuntística, la retórica y la teología luterana se integran de forma inseparable. En este horizonte, Richter no se limitó a ejecutar un repertorio: supo realizarlo. Su aproximación estuvo marcada por una afinidad con el pathosluterano, entendido como una intensidad interior disciplinada y orientada hacia la experiencia de la fe. Bajo su lectura, la emoción surge de la fidelidad al texto, a la estructura y a su sentido trascendente.
Las cantatas, núcleo de la producción eclesiástica bachiana, alcanzan en sus versiones una densidad que trasciende la función litúrgica. Richter comprendió estas piezas como microcosmos espirituales, donde la palabra bíblica, la poesía devocional y la arquitectura sonora convergen. Su dirección revela con nitidez el entramado de las voces, evitando la exageración y privilegiando la comprensión clara del mensaje. La expresividad nace de la precisión: cada modulación y figura retórica se manifiesta como un drama interior cuidadosamente ordenado.
El coral ocupa un lugar central en su estética y es aquí donde mejor se comprende la esencia del culto. Para Richter, el coral no es un adorno musical ni una pausa estética; es un acto devocional del luteranismo que entendió como la participación de una fe congregada y orante. Históricamente, el coral fue el medio por el cual la congregación se hacía parte activa de la liturgia, cantando verdades doctrinales. Por ello, bajo su guía, esta forma musical aparece como fundamento y símbolo de la comunidad creyente. Su fraseo sobrio permite percibir su función como eje espiritual: el coral no embellece la obra, la sostiene como un pilar de fe compartida. Asimismo, en las fugas, la música se manifiesta como una imagen sonora del orden divino.
Las grandes obras narrativas revelan con especial elocuencia esta concepción. En la Pasión según San Mateo, su lectura elude el dramatismo superficial en favor de una meditación sostenida. El oyente es conducido hacia una comprensión interior del misterio redentor. Por su parte, la Misa en si menorencuentra en Richter una versión donde la majestuosidad convive con la humildad adorante. El Gloriase despliega con energía; el Et incarnatus estadquiere una piedad suspendida en el tiempo; y el Agnus Deise convierte en una súplica recogida. En este momento sagrado, su hermoso legato—esa unión infinita entre las notas— se transforma en un acto de devoción pura, un flujo de sonido que eleva el alma en una oración continua hacia la divinidad.
Desde una perspectiva musicológica, este legado se sitúa en un punto intermedio entre la tradición coral-sinfónica y las corrientes del historicismo moderno. Al observar esta dualidad interpretativa frente a directores actuales, se percibe una transición fascinante. Una de las diferencias reside en la instrumentación: mientras el historicismo regresó al uso de materiales de época, Richter defendió la sonoridad de los instrumentos modernos como el medio necesario para transmitir la omnipresencia divina y la solidez de la fe en los grandes espacios acústicos.
Esta divergencia se extiende al coro. Frente a la plenitud del conjunto de Richter, las versiones actuales han optado por coros reducidos o la técnica de una voz por parte. Aunque esta reconstrucción aporta una agilidad distinta, la elección de Richter de mantener agrupaciones mayores respondía a una necesidad espiritual: representar a la comunidad creyente como un cuerpo unificado, otorgando a la voz colectiva de la Iglesia la expresión de una fe viva y compartida.
En términos de estilo, allí donde la escuela actual persigue el habla rítmica mediante el detaché—técnica donde las notas se tocan separadas para dar una claridad casi de danza—, Richter se distingue por un legatoexpresivo que enfatiza la continuidad de la línea melódica como un suspiro del espíritu. Aquí reside la diferencia fundamental de sus objetivos: mientras los directores modernos buscan la reconstrucción histórica, Richter buscaba la revelación de una Verdad eterna, enfocándose en el mensaje teológico que la música debe transmitir.
Richter comprendió que en Bach la belleza es una forma de verdad. Esta perfección sonora no es un fin estético, sino que forma parte de la música entendida como expresión religiosa de tributo y máxima adoración a Dios. Su interpretación revela la emoción contenida en la propia esencia de la obra, donde Bach aparece como teólogo del sonido, transformando la música en un espacio de contemplación. Estas conmemoraciones invitan a redescubrir su vigencia como referente esencial para la interpretación de Bach en su contexto religioso. Volver a sus grabaciones es reencontrarse con una lectura donde rigor musical y profundidad espiritual se entrelazan, interpelando al oyente desde el silencio profundo de la fe.
¿No será esta fidelidad interior —más que cualquier criterio estilístico— la razón por la que Richter sigue hablándonos hoy?
Karl Richter: memoria viva de Bach a cien años de su nacimiento y cuarenta y cinco de su legado.