A raíz de la posesión presidencial de Abelardo de la Espriella y, luego, por algunas expresiones suyas, al terminar sus alocuciones como Viva Cristo Rey, algunos han planteado, inclusive ante instancias judiciales, que así se está rompiendo la norma que separa la Iglesia y el Estado. Una norma constitucional que se introdujo en 1991.
El tema no se plantea únicamente en Colombia. En la visita del sumo pontífice a Francia, 25-28 de septiembre de 2026, este asunto forma parte principalísima del discurso pronunciado ante la sociedad civil y el cuerpo diplomático, en el palacio del Eliseo, el viernes 25 de septiembre. En razón de un auditorio tan calificado, me atrevo a decir que fue un discurso para el mundo y vale la pena recoger algunas de sus afirmaciones que pronunció luego de hacer un amplio elogio de Francia y de sus contribuciones a la civilización occidental.
Reconoció la rica tradición cristiana francesa. Se remontó a Santa Irene y al bautismo de Clodoveo, y la tremenda influencia ejercida desde entonces. Mencionó a los célebres pensadores del Renacimiento. Luego a los del Gran Siglo, para concluir que Francia había aportado al mundo verdaderas conquistas, entre ellas los derechos del hombre, inscritos en la naturaleza de la persona humana, en particular, la libertad religiosa. Que el lema francés ‘libertad, igualdad y fraternidad’, no son simples palabras grabadas en las fachadas de los edificios públicos, sino que recogen exigencias éticas universales que se encuentran también en los mensajes evangélicos, una fuente inexpugnable de inspiración. Hizo entonces una exaltación de esta importante Declaración Universal de los Derechos Humanos y recogió la interpretación que de ellos hizo el papa Juan Pablo II, ahora santificado, para establecer que ella se refiere a derechos innatos tanto en el marco de los bienes materiales como de los bienes espirituales, y que es igualmente peligroso para la paz, porque ella toca siempre al hombre en su integridad. Fue parte del discurso de Juan Pablo II ante la Asamblea General de la ONU el 10 de octubre de 1979.
Y así, el sumo pontífice toca el tema del papel de las máquinas y ahora de la revolución de la inteligencia artificial para señalar la importancia de que los seres humanos mantengamos toda nuestra libertad y responsabilidad en el ejercicio de nuestros actos. Y entonces precisa que una sociedad libre no impone la uniformidad, sino que protege la diversidad de conciencias.
Y reafirma que la solidaridad en la tradición cívica francesa y la caridad, recordando a San Vicente de Paul, muestran que el derecho a la vida es el fundamento insuperable de todos los derechos. Para concluir, recojo, literalmente, haciendo una traducción de la versión francesa del discurso, el párrafo que me parece más contundente sobre el tema: “Una justa situación laica no consiste entonces en excluir la religión del espacio público o de la educación, sino en trabajar para que el Estado y las instituciones religiosas dialoguen juntas y unan sus fuerzas al servicio del bien común, para que el mundo tenga la vida”.