Los vemos disfrazados, con gorras, moñas, tutús de bailarina y toda clase de parafernalia desfilando por espacios públicos. El perro humanizado, gesto de sensibilidad, progreso y moda, ha suplantado la norma por la emoción. Pero las cifras contradicen la caricatura del perro humanizado.

En apenas las primeras veinte semanas de 2026, Colombia acumulaba 76.917 agresiones por animales potencialmente transmisores de rabia. Los perros causan alrededor del 84 % de los ataques. El 27,8 % de todas las víctimas, equivalente a 105 cada día, eran menores de 15 años. El 6,9 % tenía entre 0 y 4 años, el 11,4 % entre 5 y 9 años y el 9,5 % entre 10 y 14 años. En el 63,2 % de las agresiones causadas por perros no constaba antecedente registrado de vacunación.

Pero las agresiones también son contra los perros. El confinamiento prolongado en apartamentos induce en los perros estrés crónico, ansiedad y severos déficits de socialización. Su ladrido constante y disruptivo no solo evidencia el maltrato que sufren, sino el deterioro de la convivencia urbana. En la calle, los perros de ciertas razas requieren bozales y collares para la adecuada sujeción. Sin embargo, solo hay que observar a los ‘paseadores’ arrastrando una decena de animales con diferentes condiciones de salud, edades y tamaños al mismo ritmo para evidenciar el incumplimiento de la norma y como se transmiten parásitos y enfermedades.

Para muchos propietarios, las reglas de tenencia de perros parecen optativas. Caninos de todos los tamaños, incluidos los que por su comportamiento o clasificación requieren sujeción y bozal, campean sin control en parques, conjuntos residenciales, centros comerciales y restaurantes, donde juegan niños y transitan adultos mayores. La contradicción llega hasta la mesa. Aunque pueden transmitir enfermedades zoonóticas, algunos propietarios llevan a sus perros de la calle a restaurantes y zonas de alimentos. Vienen por andenes convertidos en letrinas animales y entran como si la contaminación desapareciera al cruzar la puerta. La Ley 9 de 1979 y la Resolución 2674 de 2013 fijan las condiciones sanitarias y prohíben animales en esas áreas. No es intolerancia ni excentricidad sanitaria. Es salud pública.

Para el dueño del ser sintiente, el perro humanizado, el ‘hijo’, ‘bebé’ o ‘peludito’ abolió la ley. El perro se volvió intocable; el propietario, inimputable. El ciudadano que reclama es señalado como insensible e intolerante ante el apoyo emocional o el ‘look’ que los animales brindan a sus dueños. En esa confusión, no pocos políticos dotados de un excepcional olfato oportunista ahora se han descubierto animalistas.

A todo este desorden, la ciencia ofrece explicaciones y alertas. La antrozoología es la disciplina que estudia la relación humano-animal y la psicología social ha documentado que las personas con ansiedad, soledad o inseguridad proyectan un 34 % más de rasgos humanos sobre los animales. El 63 % de los perros criados bajo esta presión presentan niveles elevados de cortisol, el marcador biológico de estrés, mientras que el 47 % desarrolla conductas agresivas.

El vínculo humano-perro es virtuoso cuando se rige por límites. Los perros de asistencia y policiales lo demuestran en el mejor sentido, educados, disciplinados y efectivos. Pero el perro humanizado no es el mejor educado por estar ridículamente disfrazado; es tal vez un perro intencionalmente o inconscientemente maltratado. Resolver este problema exige, además de sentido común, que las autoridades hagan cumplir las normas sobre paseadores, sancionen al propietario irresponsable y garanticen las condiciones sanitarias en los lugares donde se preparan y expenden alimentos.

Querer a un perro no exige convertirlo en persona ni imponerlo sobre los demás. Humanizar al perro por ignorancia, moda o necesidad emocional no mejora su bienestar; lo que sí deteriora es la convivencia y deshumaniza la ciudad.