Hace dos meses, por cuenta del Mundial FIFA, todos éramos directores técnicos y analistas de fútbol; hace un mes y medio, por temas electorales, todos estábamos convertidos en politólogos, y esta semana, por cuenta del terremoto, terminamos graduados en ingeniería civil, arquitectura, magísteres en cálculo estructural y doctorados en sismología y psicología. De un vistazo podemos determinar si el edificio descascarado se salva o no, si el muro rajado pertenece a la estructura o hace parte de la mampostería y en cuánto tiempo se puede rehabilitar o demoler una edificación.

Si notamos que una persona está hablando mucho, repitiendo una y otra vez lo que estaba haciendo el día del terremoto, somos capaces de determinar en qué fase del duelo está y si está pasando por alguna etapa de estrés postraumático. Así quedamos de ‘rayados’ todos los caleños, ya especialistas en hablar carreta, después de la sacudida que recibimos, un ramalazo que nos aterrizó en lo que verdaderamente es importante: la familia, los amigos, la vida.

El periodista Carlos Aponte lo definió de manera clara y contundente después de perder a sus padres y a su sobrina bajo los escombros del edificio Torres del Limonar: “No se guarden nada”. Y el párroco del Templete, el sacerdote Jairo Gómez, no pudo decirlo mejor durante su homilía: “Tantos afanes que se acabaron en minuto y medio”.

El que tenía todo asegurado ya no lo tiene; los que tenían una ruta definida tuvieron que cambiarla; quienes tenían un plan, o lo cancelaron, o lo aplazaron, o lo dejaron de lado, porque todas las certezas quedaron en duda o, por lo menos, suspendidas mientras determinamos qué camino tomar. Lo único cierto es que no podemos controlar nada.

El cuadro de cientos de familias caleñas es el siguiente: la suegra tuvo que recibir en su casa a los hijos, a las nueras, a los yernos y a los respectivos nietos; el amigo, al amigo; el exesposo, a la exesposa o al revés, incluidos los nuevos cónyuges, y todos en una revoltura difícil de entender en tiempos ‘normales’.

Después de una noche en estado de alerta, durmiendo en un colchón en casa de mis suegros, el martes en la mañana me encontré, de un momento a otro, desayunando con mis cuñados, mis hijos y hasta el perro y el gato, todos sentados alrededor de una mesa poco acostumbrada a recibir tanta gente. Ellos estaban felices de tener a toda la familia junta, sana y salva. La emergencia sirvió para unir a muchas familias, para que las enemistades quedaran aplazadas y para dejar de lado las diferencias. Esta semana no hemos sido ni del Gobierno ni de la oposición. Hemos visto al alcalde cansado, barbado, trabajando 24 horas y recibiendo pedradas en la cabeza como si tuviera la culpa del terremoto, y hemos visto al presidente Abelardo sentado en un puesto de mando en la mitad de Cali, tres horas después del terremoto, al frente de la atención de una emergencia que sobrepasó toda la capacidad de atención del país.

Y el desborde de solidaridad ha sido total: los bancos de sangre, que siempre están llamando a la gente para que done, porque sus neveras están vacías, esta vez tuvieron que parar la captación porque ya no podían procesar más; las filas de voluntarios en los centros de acopio para clasificar, empacar y despachar ayudas son de cuadras, a la espera de una oportunidad para colaborar; el Banco de Alimentos tuvo que devolver a cientos de personas que querían estar allí participando en las tareas de empaque y distribución . Definitivamente, somos la capital de la resistencia. ¡Qué aguante!: pandemia, paro, minga, terrorismo y ahora un terremoto.

Soy un optimista sin redención: si se tienen que demoler 500 edificios, como dicen algunos expertos, se tendrán que construir otros 500. La reconstrucción costará 10 billones de pesos; eso quiere decir que Cali tendrá muchas oportunidades en la reconstrucción, se crearán miles de empleos y la economía de la ciudad despegará. La reconstrucción será para crear una Cali nueva, dice el alcalde Eder, y la gobernadora, que es el momento de las grandes obras: el tren de cercanías, el dragado del puerto de Buenaventura (afectadísimo), la resurrección del aeropuerto Bonilla Aragón, la vía Mulaló-Loboguerrero, entre otras.

El lunes 10 fue el de agradecer por estar vivos; el martes, para tratar de entender qué fue lo que pasó; el miércoles, el día de llorar los muertos y las pérdidas, y ahora debe ser el tiempo de trabajar. Dios mío, en tus manos ponemos esta tragedia que ya pasó y las oportunidades que llegan.