El poder es adictivo, más que cualquier otra droga conocida o por conocer. Demostraciones hay por todas partes y en todas las latitudes. Quien lo prueba difícilmente lo suelta y quien lo suelta casi nunca lo hace por su propia voluntad.
En América los ejemplos están a la mano. En Cuba una familia gobierna desde 1959. Los presidentes cambian de nombre, pero la última palabra la sigue teniendo Raúl Castro, a sus 95 años y ahora ha aparecido en la escena un nieto suyo. Son 67 años sin que los cubanos hayan podido escoger otra opción.
Ni qué decir de Nicaragua. Allí el antiguo líder sandinista Daniel Ortega estableció con su esposa, Rosario Murillo, una verdadera monarquía política. Ella dejó de ser vicepresidenta para convertirse en “copresidenta”, figura inventada a la medida de la pareja. Y para que no quedaran dudas, Ortega anunció en julio que en su país no volverá a haber elecciones. Ninguna esperanza de participación para cualquier opositor.
Los países que suman tamaño, poderío y riqueza tampoco escapan a la tentación. En China, Xi Jinping lleva casi catorce años en el mando, no ha señalado sucesor y los analistas esperan que el año entrante vaya por un cuarto período. La clase dirigente china no piensa entregar el poder.
En la India, que se precia de ser la democracia más grande del mundo, hay quienes acusan al primer ministro Narendra Modi, tras doce años en el cargo, de querer aniquilar a la oposición a punta de procesos judiciales para perpetuarse en el mando.
Pero el caso más dramático es el de España. El presidente Pedro Sánchez ha demostrado inequívocamente su voluntad de aferrarse al poder, no obstante, los múltiples escándalos de corrupción que lo rodean. Su hombre de confianza, José Luis Ábalos, fue condenado en junio a más de 24 años de cárcel. También han ido a los estrados judiciales su esposa y su hermano. A ello se suma la manifiesta incompetencia para manejar coyunturas como la del enclave de Ceuta. Miles de personas entraron en dos días, sin que el Gobierno reaccionara.
Pedro Sánchez está dispuesto a aliarse con el que sea con tal de permanecer en el cargo. En 2023 obtuvo los votos del independentismo catalán a cambio de una amnistía para los separatistas. Esta semana los tribunales españoles le despejaron a Carles Puigdemont el camino de regreso al país. Sánchez dice ahora que no lo recibirá. También dijo que no habría amnistía. Si las cuentas no le dan, volverá a tocar esa puerta para apuntalar su gobierno.
Pedro Sánchez acaba de convocar elecciones anticipadas para el 29 de noviembre. Alguien dirá que eso lo absuelve. No hay tal. Las convocó cuando el Congreso le negó sus decretos de emergencia y lo hizo buscando una mayoría más amplia. No va a las urnas para irse, sino para quedarse.
En el fondo, el sistema más admirable de todos es la democracia. No porque escoja siempre a los mejores, sino porque permite despedir a los peores. Cabe recordar la frase del filósofo Karl Popper: “La democracia consiste en poder destituir sin violencia a quienes ocupan el poder”.
Posdata: Es una lástima la partida de Mario Fernando Prado. El cordial y amable Mario F, que rebosaba humor y brillantez a cada instante. No será fácil olvidar al líder cívico, humanista y músico, que con su pluma y su piano llenó décadas de la historia de Cali.