Mirar al pasado trae emociones muy contradictorias porque existe la satisfacción de lo vivido, pero también la convicción de que “ya pasó” y lo vivido ahora tan solo forma parte de la memoria. Claro, ojalá recordáramos únicamente lo bueno, lo agradable… pero allí en ese proceso, están también los momentos amargos, el dolor, el sufrimiento, la tristeza, los duelos. La vida que ya has vivido es como un rompecabezas que tu memoria intenta armar valiéndose de las añoranzas, de anécdotas de tus conocidos o de circunstancias del presente.

En mis recuerdos de niña y adolescente están muy, muy presentes los Piedrahita Plata, la cercanía con Bertica, su casa de Santa Mónica, anclando esos momentos con el Mundial de fútbol de Arica, cuando Pepe Piedrahita, el padre, hacía planes para asistir y, en la noche, después de una reunión con amigos, organizando el viaje, murió de un infarto fulminante el 16 de abril. Berta, mamá y sus hijos, quedaron con el impacto y el dolor intempestivo de su partida. Sí, recuerdo su entierro en la Iglesia de San Judas Tadeo, con muchos sorprendidos con su repentina muerte. Como sucede ahora con la muerte de Francisco, su hijo. Porque en definitiva hay familias que tienen un sello de servicio y entrega a los suyos y a la comunidad, lo que perfila su actuar en la vida. Como si con el ADN familiar se gestara un carácter de entrega por el prójimo. La partida de seres que entregaron su vida a una causa, al servicio de otros, deja un vacío inmenso, pero a su vez recordando todo lo que aportaron por crear un mundo mejor. Luces y sombras: es la paradoja de la existencia.

Pero son las vivencias personales las que hacen que cada duelo sea muy personal por lo que asocias con la persona que fallece. Años más tarde, Francisco y Claudia nos dejaron por unas horas al cuidado de Vicente (Vizo), su hijo pequeño, compañero de clase del nuestro, mientras enfrentaban el dolor y los angustiosos momentos por la muerte de Gabriel en el accidente de American. Recuerdos que se construyen a través de la vida y que dejan una huella imborrable porque si algo marcó la vida de Francisco fue la entrega a los demás. Su pasión por la educación (recuerdo haberle prestado un libro de Paulo Freire, autor de la teoría de la educación liberadora), como también su colaboración a todo aquello que significara mejores condiciones de vida para los otros. Está también la muerte de su hermana María Eugenia, en el cálido y sentido funeral en la Catedral, con los sonidos de su voz mientras terminaba la ceremonia para que su música quedara en el recuerdo, volviéndose inolvidable...

Sí, la muerte es inevitable y hay que prepararse para ello, en especial llevándonos lo único que podemos portar: nuestra esencia, la sabiduría que da la experiencia y los actos de servicio donde hayamos conectado con la parte más noble de la condición humana. A mitad de camino entre los dioses y las bestias, Francisco propició acercar a la comunidad hacia los dioses, con educación y servicio, generando confianza y credibilidad de que los seres humanos podemos ser cada día mejores personas. Lo bestial forma parte de una carencia de educación y empatía que se puede superar construyendo mejores sociedades. Lo valioso y satisfactorio es ir escuchando historias muy especiales y casi que íntimas, de personas que reconocen cómo una acción de Francisco Piedrahita cambió sus vidas… entonces, seres como él, pasan a la categoría de inolvidables. ¡Gracias por tanto!