El ciclo de sorpresas, producto de la publicación de los resultados de las pruebas PISA, se repite cada tres años: los resultados salen a la luz, múltiples voces manifiestan preocupación por nuestro bajo desempeño y, tras dos semanas, todo vuelve a su impasible lugar. Las pruebas PISA son realizadas por jóvenes de 15 años y evalúan tres áreas: matemáticas, lectura y ciencias. En Colombia se aplican desde hace 20 años y, comparados con otros países, nos va muy mal. Hay que reconocerlo: esta prueba, ni ninguna otra prueba estandarizada, puede medirlo todo. Estas evaluaciones dejan habilidades clave por fuera, como las deportivas y las artísticas, cruciales para medir la calidad de la educación con la que estamos formando en el país.
A pesar de ello y reconociendo los límites de este tipo de evaluaciones, creo que sus resultados sí permiten indicarnos algo. Y, como sencillos indicadores, funcionan. Es usual que la conmoción que provocan los resultados se concentre en el bajo desempeño que se refleja en los puntajes, si nos comparamos con otros países. En esto, las pruebas no son particularmente reveladoras: desde que se aplican en Colombia sabemos que estamos muy por debajo del promedio de la OCDE. Desde mi perspectiva, en lo que sí es importante este tipo de mediciones es en el desempeño alcanzado por nuestro país, cada tres años, en las áreas que evalúa. Creo que la prueba funciona más para compararnos con nosotros mismos que para compararnos con otros. Y en esto, los resultados sí son reveladores: el bajo desempeño con el que iniciamos las pruebas se corrigió lentamente, hasta alcanzar en 2015 los puntajes más altos de los que se tienen registro para Colombia.
Desde aquel año, el desempeño ha empezado a caer. Salvo ciencias, los resultados en matemáticas y lectura han sido bajos con cada medición. No solo las capacidades de nuestros estudiantes no mejoran con los años, sino que, trágicamente, han empezado a descender. Lo cierto es que estos resultados llegan para confirmar una realidad de la que hemos sido testigos durante ya un buen tiempo: en estas áreas, nuestros estudiantes no aprenden lo que deberían aprender.
Por lo anterior, resulta tan desesperanzador que el gobierno, que apenas llega y que se está estrenando al frente del Estado, centre el debate sobre temas prioritarios en problemas inexistentes, tales como la enseñanza de un filósofo como Marx en las aulas o la supuesta promoción de una ideología de género en las escuelas. Atender estos temas no hará que nuestros estudiantes lean más y mejor. Por concentrar sus energías en esta batalla, el gobierno ignora lo que realmente importa: la escasa atención a la primera infancia, la deserción en educación media y los problemas estructurales de un sistema educativo que no enseña lo suficientemente bien. Perdidos y con una visión nublada de los temas prioritarios en educación, el nuevo gobierno ha emprendido una cruzada contra los molinos, pensando que son gigantes.