El Congreso de la República, cuya función es hacer las leyes, es decir hacer posible que un programa de gobierno se pueda ejecutar, es el mejor reflejo de cómo funciona el poder político. Su nueva composición contrasta dramáticamente con los resultados de la elección presidencial que aparentemente parte al país en dos: los partidarios de Abelardo de la Espriella y los de Iván Cepeda (léase Gustavo Petro, autoproclamado líder de la oposición).
El asunto requiere una explicación. El sistema presidencial de las dos vueltas por definición polariza al electorado, el cual solo puede escoger entre dos opciones. Si la política en Colombia funcionara como debe ser los dos finalistas deberían tener también apoyos similares en el Congreso, que es el complemento que necesita un candidato para poder ejecutar su programa de gobierno. Es decir, el Congreso debería estar también dividido en dos. Nada más lejano de la realidad.
En la elección presidencial del 21 de junio votaron 26.3 millones de personas. Abelardo de la Espriella obtuvo 13 millones de votos (49.6% de la votación) e Iván Cepeda 12.7 millones (48.7% de la votación). En las elecciones legislativas del 8 de marzo, donde votaron 19.4 millones de personas, el Pacto Histórico, partido de Cepeda, obtuvo 4.4 millones de votos, lo que lo convirtió con sus 25 senadores y 42 representantes en la primera fuerza parlamentaria con 23 % de la bancada total. El Movimiento de Salvación Nacional, partido de Abelardo de la Espriella, obtuvo 700.000 votos, con los cuales eligió 4 senadores y un representante, que son el 3,6 % de la bancada total.
Entre ese primer puesto del Pacto Histórico y el noveno de Salvación Nacional está el 51,7% de Congreso, cinco partidos con votaciones superiores al millón de votos: Centro Democrático (16 %), Partido Liberal (11,6 %), Partido Verde (9,7 %), la U (8 %) y Cambio Radical (6,4 %). O sea, no un país dividido en dos sino un país diverso, con variadas corrientes de opinión, representadas en unos partidos políticos organizados. Ese es el país real que hace las leyes.
Lo de la división entre 50 y 50 de la elección presidencial es un espejismo electoral que puede llevar a malos pasos. Le sucedió a Iván Duque, quien le ganó a Gustavo Petro por más de dos millones de votos y a Gustavo Petro que le ganó a Rodolfo Hernández por 600.000. Ambos creyeron tener un mandato claro para imponer su agenda, una orden perentoria del constituyente primario que anulaba los efectos de la elección parlamentaria, cuando ambos solo tenían alrededor del 20 % del congreso. Así mismo les fue.
Entre la elección del 8 de marzo y la del 21 de junio hubo 7 millones más de votos. Podría argumentarse que es gente ajena a los partidos políticos pero interesada en la elección presidencial para apoyar o bloquear a algún candidato. Iván Cepeda, obtuvo más de 8 millones de votos que su partido y Abelardo de la Espriella más de 12 millones. Ambos llegaron a la final cabalgando sobre volubles votos de opinión, muchos escogiendo la opción menos riesgosa, sin mayor entusiasmo. Ganó Abelardo de la Espriella con mínima presencia en el Congreso, quien tendrá que conformar una coalición formal, programática y con participación en el Gobierno, con los partidos políticos que sumados son más que el Pacto Histórico, su jurado adversario, para que la Patria Milagro no se convierta en un espejismo, que fue lo que le sucedió al presidente saliente.