*Por: Monseñor César Balbín, obispo de Cartago

La liturgia de la Palabra de estos últimos domingos nos pone de frente a las llamadas parábolas del reino: la parábola del sembrador (Mt 13, 1-23), la parábola del trigo y de la cizaña (Mt 13, 24-43), y hoy el tesoro y la perla escondida (Mt 13, 44-52), que están ubicadas en el capítulo trece del evangelio de Mateo.

¿Qué nos querrá decir Jesús con las dos parábolas del tesoro escondido y de la perla preciosa? Que estamos en la hora decisiva de la historia. ¡Ha llegado a la tierra el Reino de Dios! En concreto, se trata de Él, de su venida a la tierra. El tesoro escondido, la perla preciosa no es otra cosa que el mismo Jesús. Es como si Jesús quisiera decir: la salvación les ha llegado gratuitamente, por iniciativa de Dios, tomen la decisión, aprovechen la oportunidad, no dejen que se les vaya de las manos, no dejen que se les escape.

Jesús, con esas dos parábolas nos quiere decir que en alguna parte hay un tesoro, que en alguna parte hay una perla, y que es necesario salir en su búsqueda. Hay un tesoro o una perla preciosa que nos espera. En el caso de Jesús, se juega el todo por el todo. El Reino es lo único que puede salvar del riesgo supremo de la vida.

Vivimos en una sociedad que vive de seguridades. La gente se asegura contra todo. Hoy todo es asegurable. Se hacen seguros incluso contra el riesgo de mal tiempo durante vacaciones. Entre todos, el seguro más importante y frecuente es el de la vida. Pero, ¿de qué sirven los seguros y de qué o contra qué nos asegura? ¿Contra la muerte? ¡No! Asegura que, en caso de muerte, alguien recibe algo, alguien que lo puede necesitar como la familia, o alguien a quien no le haría falta, pero igual por ser beneficiario lo recibe.

El reino de los cielos es también un seguro de vida y contra la muerte, pero un seguro real, que beneficia no sólo al que se queda, sino también a quien se va, al que muere. “Quien cree en mí, aunque muera, vivirá”, dice Jesús. De este modo se entiende también la exigencia radical que plantea un negocio, como el de estas parábolas: vender todo, dejarlo todo. En otras palabras, estar dispuesto, si es necesario, a cualquier sacrificio. No para pagar el precio del tesoro, sino para ser dignos de este.

En las dos parábolas hay dos actores: uno evidente, que va, vende, compra; y, otro escondido, dado por supuesto. Este es el propietario que no se da cuenta de que en su campo hay un tesoro y lo malvende al primero que se lo pide; es el hombre o la mujer que poseía la perla preciosa, no se da cuenta de su valor y la cede al primer comprador que pasa. ¿Cómo no ver la advertencia que se nos dirige a quienes malvendemos, o no cuidamos nuestra fe y nuestra herencia cristiana?

Ahora otra reflexión que nos suscita el texto: no se dice que “un hombre vendió todo lo que tenía y se puso a buscar un tesoro escondido”. Ya lo ha encontrado. Halló el tesoro fue y vendió todo lo que tenía para comprarlo. Es necesario, haber encontrado el tesoro para tener la fuerza y la alegría de venderlo todo.

El Reino de los cielos, es el tesoro escondido: busquémoslo, y lo encontraremos y renunciemos a todo lo que tengamos que renunciar para habernos a él.