No existe emoción o situación humana más embriagadora que el poder. Por encima del sexo, el dinero, el éxito, la riqueza, el poder los supera con creces. Ese poder obnubila, borra creencias, cambia valores, hasta vuelve blanco lo negro y viceversa: es enceguecedor. Es absolutamente cautivador y llega a enloquecer. Se pierden las proporciones de la realidad porque el poder del poder pareciera ser infinito. Nada lo detiene, no existe un límite que lo encauce. No. El poder pareciera ilimitado.

Ya lo dijo alguna vez, desde su prepotencia, Napoleón: “El estado soy yo”. Pero no es el único que descaradamente lo ha intentado practicar: a lo largo de la historia muchos hombres (si, varones) cuando acceden a la silla del poder, pierden el sentido de las proporciones y obnubilados, determinan que su criterio es el criterio universal. Desde su orilla, Ortega lo acaba de practicar en Nicaragua… No importa color, religión, partido político, ideología. El poder en manos de un ego disminuido (o enfermizo) con ansias de crecimiento, es capaz de atropellar considerando que su verdad es la verdad universal. A las buenas o a las malas…

Mirando la historia del mundo actual, con todos los desbarajustes de una modernidad que sembró su perfil en el dinero, se observan perfiles de hombres, líderes “poderosos” que hacen con sus comunidades lo que se les antoja. Tienen el poder que el ciudadano corriente les otorgó y creen que es un cheque en blanco para hacer lo que se les venga en gana. No hay nada por consultar. Sus cercanos colaboradores, claro, los que chupan de esa teta de poder, no van a cuestionar a su alimentador, lo que hace más poderoso al poderoso. No ve más allá de sus narices y cree que todos están de acuerdo. El voto o confianza del ciudadano desaparece, ha sido su plataforma de lanzamiento, pero ya no la necesitan. Su poder le da hasta para “desaparecer” a quienes creyeron en él. Ya no los requiere: el poderoso está solo, imbuido de poder y entonces el mundo le pertenece.

Colombia requiere cambios. Las luces y sombras del gobierno anterior, desde el bando donde usted se ubique, han inflado el poder del nuevo Presidente. No se ha posesionado aún pero está manejando los hilos del imaginario colectivo para transmitir la idea de que “por el bien de la patria” él hará lo que crea, lo que le venga en gana. Cree que su verdad es la verdad de Colombia. Y esa equivalencia es la que es peligrosa…porque existen “muchas” Colombias y el poder lo puede llevar a desbordarse sin manejar ninguna clase de límites.

Los cambios son muy, muy benéficos, pero no los atropellos. Y el peligro con alguien que llega de salvador es que no escuche, que se desborde, que crea que su verdad es la verdad de todos. Un río dentro de su cauce es bellísimo, pero ese mismo río desbordado vuelve una tragedia a su entorno. Los límites son necesarios. Escuchar la pluralidad es necesario puesto que no se puede continuar creyendo que solo hay una verdad y que está de un solo lado… considerarse salvador y creer que él es Colombia puede ser una embriaguez que causaría mucho dolor. Verlo cantar el himno nacional ‘institucional’ como si él lo personificara, es lamentable. ¡El no es Colombia! Es un ciudadano que está al servicio del país y su misión es servir no ‘crecerse’ a costa de un pueblo que requiere soluciones. No se ha posesionado y el rubro de gastos sorprende… interesante preguntar por su concepto de austeridad. No se puede seguir eligiendo gobernantes ‘menos malos’ por evitar un contrario: Colombia son muchas. ¡Afortunadamente!