Durante los 6.500 millones de años de existencia del planeta Tierra, el cambio climático ha sido permanente. Nuestro planeta es dinámico y dentro de su continua evolución ha vivido innumerables períodos mucho más fríos o mucho más calientes que el actual. Hoy pasa por uno de los breves segmentos cálidos de una era glacial que inició hace apenas 37 millones de años y que durante los últimos 2,7 millones ha oscilado cíclicamente entre largos períodos glaciales y breves períodos interglaciales.

Son innumerables los factores que conducen a esas oscilaciones, desde cambios en la órbita terrestre o en la inclinación de su eje de rotación a otros como variaciones cíclicas en la actividad solar, desplazamientos en las corrientes submarinas o cambios en los rayos cósmicos que recibe el planeta. Esos y otros fenómenos naturales conducen a ciclos climáticos que se superponen entre sí y tienen períodos que van desde unos pocos años hasta decenas de miles.

El fenómeno de El Niño, conocido técnicamente como ENSO (El Niño Southern Oscilation), es uno de los de corta periodicidad. Este fenómeno, que estuvo ausente desde 6900 a 3800 AC, le añadió gran variabilidad al clima desde que reapareció. Bautizado El Niño por los conquistadores españoles que notaron la intensificación de sequías o precipitaciones locales con una periodicidad de unos siete años alrededor del mes de diciembre, cuando llegaba el Niño Dios, Colombia ha sentido en oportunidades los efectos de su rigor.

El Niño más recordado por la frágil memoria de los colombianos es el de 1992-93, que condujo a un severo racionamiento eléctrico en todo el país. Ahora, cuando se anuncia el probable inicio de un nuevo Niño en el segundo semestre de este año, el fantasma de un nuevo apagón vuelve a aparecer. Sin embargo, aunque el buen juicio enseña que hay que tenerles el mayor respeto a todos los eventos naturales, vale la pena aclarar que desde el punto de vista de generación eléctrica la situación actual es bien distinta a la de ese entonces.

Cuando llegó el Niño de 1992, prácticamente el 100% de la energía eléctrica que consumía el país provenía de hidroeléctricas. Al secarse los embalses por la escasez de lluvias causada por el Niño, las hidroeléctricas vieron su capacidad de generación afectada y sobrevino un racionamiento que le ocasionó al país enormes costos económicos y sociales.

Otro es el cantar hoy. Fruto en gran medida de las leyes 142 y 143 de 1994, que buscaban racionalizar el servicio eléctrico, en la actualidad el 30,5% de la capacidad efectiva neta de generación nacional proviene de plantas térmicas. Esta base de generación firme nos permite tener la tranquilidad de saber que, a pesar de que el plan eléctrico está atrasado, podríamos enfrentar con éxito los efectos de un Niño como el de 1992 o aún los del de 1998 o del de 2016, que fueron más severos.

De las que sí es poco lo que se puede esperar es de las tan mentadas generaciones eléctricas alternativas. Por depender de circunstancias climáticas, su generación no es garantizada y raramente llega a sumar el 20% de la capacidad instaladas. Hoy representan menos del 1% de la capacidad de generación nacional y, además, nadie sabe cuándo los proyectos aprobados podrán conectarse a la red nacional, habida cuenta de las barreras que les imponen las consultas previas y la Anla. Quizás sirvan para algo en el Niño de 2037.