Gustavo Petro se construyó la narrativa del jaguar. Un animal político impredecible, indomable, capaz de moverse con facilidad entre la selva del poder y transitar en medio del pantano de las redes sociales. El jaguar no pedía permiso. Desafiaba el contrapeso del Congreso y las cortes, acechaba a la empresa privada y rugía constantemente contra el viejo sistema político y económico del país.

Pero en la jungla incluso el cazador puede terminar acechado. Y a veces, cazado. No por una oposición particularmente brillante —que continúa fragmentada y sin una narrativa coherente—, sino por la acumulación de expedientes, capturas, investigaciones internacionales y relaciones cada vez más incómodas orbitando alrededor del jaguar y de su círculo de poder que nunca fue cohesionado, sino una manada de intereses unidos por la conveniencia.

El rugido de cambio del jaguar se volvió tenue e imperceptible entre la impunidad, el crimen organizado y la captura política y territorial del Estado en nombre de la paz total. La financiación irregular de campaña, el juicio contra Nicolás Petro, las controversias del caso Laura Sarabia, las investigaciones sobre Ricardo Roa y el escándalo de corrupción de la Ungrd se suman a los procesos contra Olmedo López y Sneyder Pinilla, las investigaciones que rodean a Armando Benedetti y Ricardo Bonilla y la fuga hacia Nicaragua de Carlos Ramón González. Todo ello terminó revelando que detrás del rugido del jaguar había una estructura de ambición y corrupción.

En el afán de enriquecimiento ilícito, algunos cercanos al jaguar intercambiaron lingotes de oro por espejismos de paz; otros, ocultos entre las sombras del poder, traficaron armas y filtraron información sensible que terminó por exponer a testigos e informantes. Alias Papá Pitufo, Pipe Tuluá, Diego Optra, Calarcá e Iván Mordisco conocen bien esa historia. Para el jaguar dejó de importar cuánta impunidad, control territorial o intimidación acumularon los enemigos de la selva. La preservación del poder era más importante que la estabilidad del territorio que decía gobernar.

Para desviar la atención, el jaguar empezó a lanzar zarpazos contra la prensa. Transformado en una criatura errática, era obligado a retractarse repetidamente por deslices cada vez más difíciles de justificar. Los escándalos personales comenzaron a revelar un patrón de excesos. Por sus exabruptos diplomáticos ya no era bienvenido en ciertos territorios. Aunque por cruzar la línea ética y su silencio, el jaguar repartía consulados, embajadas y privilegios.

El jaguar creía que dominaba la selva, pero descubrió demasiado tarde que la ley rara vez anuncia su presencia. Desde las alturas, un águila paciente y certera ya observaba, con una lista concreta de extradiciones venideras entre sus garras. Preocupado por su futuro judicial, el jaguar comenzó entonces a rugir con paranoia contra el sistema electoral.

Intentando promover el continuismo, alimentó el miedo y la división, despertando mediante el populismo los instintos más primitivos. Rugía fraude electoral, poder popular y asamblea constituyente para radicalizar e incitar. La desinformación y la presión institucional buscan contaminar, pero la democracia es más antigua y más grande que ese rugido convertido hoy en el alarido desesperado de un jaguar acorralado.