Lionel Messi volvió a paralizar el mundo. Esta vez fue por su despedida de la Selección Argentina, ante un rival extraño: Benín. El país está ubicado en África Occidental y su Selección jamás ha disputado un Mundial. Qué manera de despedir a quien es llamado Dios en Argentina, el país de la Santísima Trinidad futbolística: Dios Padre, Diego Armando Maradona; Dios hijo, Lionel Messi; el Espíritu Santo aún está por revelarse.
A propósito de la despedida de Messi de la Selección, a los 39 años, recordé a quien ha escrito uno de los mejores perfiles de Lío: Leonardo Faccio. Lo reconozco: me gusta más leer sobre Messi y su historia que verlo jugar. Como seguidor lejano del Real Madrid, más que disfrutarlo como el resto de la humanidad, lo sufrí. Lo mismo sucedía en los enfrentamientos entre Argentina y Colombia. Messi nos hizo tres goles por eliminatorias.
A Faccio lo entrevisté alguna vez para la revista Gaceta, cuando presentó en Colombia el libro que escribió sobre el diez de Argentina: ‘Messi, el chico que siempre llegaba tarde, y hoy es el primero’. La obra nació como un perfil de largo aliento para la revista peruana Etiqueta Negra.
Después de tres años de trabajo, que incluyeron una entrevista de apenas quince minutos y el seguimiento a diferentes acontecimientos de su vida, al mejor estilo de Gay Talese con Frank Sinatra, Faccio descubrió que Messi protagoniza una paradoja “común entre prodigios”: “debe asumir responsabilidades de adulto sin perder la energía creativa que solo tienen los niños cuando juegan. Esta exigencia, si bien no define, condiciona su personalidad”.
Tal vez por eso, en sus inicios, Messi requería del mimo de sus entrenadores. Una anécdota muy comentada sucedió con Guardiola: no lo puso en un partido contra el Sevilla. Al día siguiente, Messi no fue al entrenamiento. Sus compañeros pensaron que estaba enfermo. Después supieron que estaba bravo con el técnico.
“Messi se expresa más con silencios que con palabras. En esa ocasión en Barcelona podrían haberlo sancionado. Guardiola, en cambio, no volvió a dejarlo sin jugar y echó del equipo a los delanteros que le disputaban su puesto: Ibrahimovic y Eto’o. Luego Messi fue el goleador de la Champions durante tres temporadas. Sus goles también son una forma de opinar con la boca cerrada”, decía Faccio, quien descubrió otro secreto de Leo: el éxito o el fracaso en el campo pueden reportarle tanta felicidad como tormento.
“Lo hemos visto: Messi vive un duelo en cada derrota. Sigue llorando cuando pierde. Al llegar a Barcelona centró sus energías en el fútbol y construyó su identidad en torno al balón. Su estado anímico depende del fútbol y las dificultades que pudieron truncar su carrera —su problema para crecer, los efectos del desarraigo—, lejos de desanimarlo, parece que lo fortalecieron. La adversidad es su hábitat”.
Resultó una premonición: el que tantas veces perdió las finales con Argentina se consagró, por fin, campeón del mundo. En 2022, en Qatar, Messi levantó la Copa que le faltaba (pese a toda la fuerza que hice por la Francia de Mbappe). El jovencito que lloraba después de las derrotas pudo llorar esa vez de felicidad. La historia que Faccio había comenzado a contar años atrás tenía ahora un nuevo desenlace.
Aunque su libro no es la historia de cómo Messi llegó a ser el mejor futbolista del mundo. Es el retrato de un niño que tuvo que aprender a vivir lejos de su casa y que encontró en el fútbol la manera de expresarse. Su estado de ánimo dependía de lo que sucediera durante noventa minutos y que fuera de la cancha, como cualquier mortal, se aburría.
Messi, el chico que siempre llegaba tarde, y hoy es el primero, es una de las mejores obras para entender la esencia de quien esta semana hizo llorar a Argentina; y a buena parte del mundo.