Una encuesta de Ipsos realizada tras el sismo revela que siete de cada diez personas describen su estado emocional con palabras como miedo, dolor o nerviosismo. Sumado a los malestares de la cotidianidad, el verdadero impacto de la catástrofe no se limita a los daños materiales; se manifiesta en el trauma psicológico de no poder descansar con tranquilidad en el propio hogar.

Mientras la calle asimila el golpe, el gobierno avanzó con el Fondo Milagro al presupuestar más de 624.000 millones de pesos, aunque el giro real aguarda la firma fiduciaria en Hacienda. Por su parte, Camacol propuso 300.000 viviendas en cuatro años sin una sola línea para el espacio público y Pereira incluyó parques en un gesto temprano, pero sin recursos ni plazos. El reto técnico de estos líderes será sumarle a cada esfuerzo la dimensión que les falta, incorporando la experiencia de quien va a habitar el territorio.

Ahí está la clave que suele faltar: la reconstrucción va más allá de un asunto estético y exige levantar una infraestructura emocional. El lenguaje oficial habla de salud mental, un paso valioso, aunque la seguridad psicológica merece ser también una meta propia del urbanismo. El vacío es grande; el país cuenta con apenas dos psiquiatras por cada 100.000 habitantes frente a los diez que recomienda la OMS, mientras 348 centros de salud siguen en ruinas.

La experiencia internacional advierte que la reconstrucción física y la social son inseparables. Tras el sismo de 2011 en Christchurch, Nueva Zelanda, el gobierno archivó 100.000 propuestas de la comunidad para imponer un plan propio, fracasando en su intento por repoblar el centro. En L’Aquila, Italia, el error fue el opuesto al construir asentamientos lejanos, rompiendo las redes vecinales que sostenían la vida urbana. Ninguno de estos gobiernos quería dañar a su gente, pero ambos cometieron el error de ignorar el tejido social.

Esa separación es lo que el Valle y el Pacífico pueden evitar si cada territorio construye su textura, en lugar de conformarse con replicar bloques de hormigón desde Cali hasta Buenaventura y hacia los pueblos del norte. Desde la memoria y el arte, la nueva escombrera de El Corbatín tiene la posibilidad de convertirse, con el mismo presupuesto, en un taller de Kintsugi, el oficio japonés que repara la cerámica con oro y transforma la fractura en valor, el sitio donde la ciudad decide qué hacer con su cicatriz, en vez de solo triturarla.

Ese mismo espíritu, encontrarle valor a lo que se rompió, también vive fuera del taller; no compramos estructuras, habitamos cómo nos hacen sentir. El pandebono horneado, el pregón de esquina, una tarde de cholado en el andén; eso es lo que vuelve propio un barrio, el capital real de la economía de la experiencia, lo intangible. Las ciudades prósperas ya lo saben: la iluminación y el diseño del espacio público convierten al vecino en guardián de su propia cuadra.

Por eso la reconstrucción de cada rincón afectado necesita un director de experiencia urbana sentado junto a ingenieros, banqueros y, cómo no, la infaltable clase política. Su mandato debe evaluarse con indicadores tan rigurosos como el cemento de cualquier obra pública, midiendo la reapertura de negocios locales, el uso del espacio común y la asistencia a programas psicosociales en vez de priorizar la entrega de actas oficiales. La región tiene una oportunidad única para demostrar que una ciudad se mide tanto por lo que logra levantar como por lo que es capaz de volver a sentir.

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Claridades: La próxima poscrisis no la resolverá el alcalde de turno, sino el indicador capaz de medir cuánto vale sentirse mejor en casa. El día que esa métrica entre formalmente en el balance financiero, la experiencia urbana dejará de ser una simple frase bonita.

*Consultor internacional @bac.consulting