La bolsa rodaba por una calle de Barranquilla. No era que volara arrastrada por el viento, sino que tenía peso. Se arrastraba dando tumbos. Mayra Pájaro salió de la veterinaria y la agarró. Con cuidado le quitó el nudo. Vio primero unas orejas negras, un hocico blanco, unas patas diminutas.
Alguien había introducido a la gata recién nacida en la bolsa, la amarró y la dejó junto a un poste donde dejaban basura. ¿Alguien? ¿Se le podría llamar “humano” a quien hace algo así?
Mayra corrió a la veterinaria con la bolsa abrazada a su pecho. Allí bañaron a la gata, la desparasitaron, le tomaron exámenes. Mayra la llamó Galleta.
Seis meses después le hizo la operación para esterilizarla y se le bajaron las defensas. Entonces apareció el virus: leucemia. Mayra y Galleta lucharon. A veces se ponía tan mal que en la veterinaria decían: “De hoy no pasa”. Pero Galleta se recuperaba. Así durante tres años.
Cuando falleció, Mayra se prometió crear un lugar con el que pudiera ayudar a los gatos abandonados. Se llama Cookie Cat Café y está ubicado en el barrio San Antonio de Cali. En la entrada exhiben la foto de Galleta. Las paredes son violeta y tienen pintadas galletas gatunas.
Allí sirven sánduches, cafés, tortas y capuchinos, en tazas con orejas de gato. Las ganancias se destinan a la recuperación de los michis rescatados, que se pasean en el segundo piso. Jaime, por ejemplo, duerme estirado como un arquero sobre un sillón, mientras Chuy, que nació sin sus dos ojos, hace lo propio patas arriba sobre un gimnasio. En el cuarto de aislamiento está Rosalía, a la que tal vez bautizaron así porque maúlla como si cantara, con una insistencia que solo detiene una bolsa de churu. Mayra los consiente como a sus propios gatos.
Ella nació en Barranquilla y a los 17 años no le importaban los animales. Si los veía heridos en la calle, seguía de largo sin inmutarse. Hasta que la casa de un vecino se incendió, se dañaron las tuberías y empezaron a ingresar ratones a su casa. Su abuela encontró la solución:
—Traigamos un gato.
Mayra adoptó a Michín. Aún, nueve años después, está con él. Y, de repente, todo cambió. Los gatos invisibles en su camino a la universidad se hicieron visibles.
En su maletín, Mayra comenzó a cargar comida para darles cada mañana antes de coger el bus. Después los rescató. Creó una fundación a la que llamó Huellitas Callejeras Barranquilla.
Cuando llegó a Cali por motivos académicos, se le ocurrió la idea de abrir un café cuyas ganancias se destinaran a financiar el rescate y la recuperación de animales abandonados. Muchos de los rescatados llegan en avión desde Barranquilla y otras ciudades de la Costa Atlántica. Es una sociedad, explica Mayra, que por desconocimiento y por cultura no tiene empatía con los animales.
En Cali, sin embargo, era una estudiante de Bellas Artes sin plata, sin trabajo, sin experiencia crediticia. Algo, en todo caso, le decía que todo iba a salir bien y Mayra recorría cada semana locales para abrir su café. Por supuesto, nadie le arrendaba.
Hasta que, de forma natural, sencilla, el propietario de un pequeño espacio en San Fernando se lo alquiló. Después abrió en San Antonio, donde no es extraño que sus clientes se enamoren de los gatos y los adopten.
A Mayra a veces le da nostalgia, pero tiene claro que es la única manera de seguir rescatando y recuperando. Alguien le pregunta si ver tantas historias de animales golpeados, tirados en basureros, sin patas y sin ojos, no la mortifica.
Ella se sonríe. Hace unos años, reconoce, era una máquina de lágrimas. Ya no tanto. “Los gatos, a diferencia de nosotros, no se detienen ni se lamentan por lo que les pasa. Siguen adelante. Me han enseñado a ver la vida y lo que nos ocurre de una forma más sencilla. No se ponen a pensar qué harían si tuvieran la visión o la pata que les falta; simplemente siguen con su vida, disfrutando. Es como si dijeran: ‘Ya no tengo una pata, ¿y qué?’. Ven la vida de una manera mucho más simple”.
En la entrada del café sigue colgada la fotografía de Galleta. Tres años después de su muerte continúa vigilando el lugar donde otros gatos encuentran una segunda oportunidad.