Todo lo que no debía pasar, pasó. Si ya el gesto de celebración del presidente de la Real Federación Española de Fútbol, Luis Rubiales, tomándose su miembro para celebrar el gol de Olga Carmona era una blasfemia, justo en un Mundial de Fútbol Femenino, el beso no consentido, ni mucho menos justificado por la efusividad, dado por el poderoso directivo a la jugadora Jenni Hermoso fue absolutamente reprochable.
Y por desgracia nos recordó cuánto nos falta para la anhelada igualdad y el respeto por el que miles de mujeres trabajan en distintas esferas; en este caso, en un deporte mediático y exitoso en lo masculino, pero aún con tanto respaldo por lograr en lo femenino.
No fue una anécdota agrandada por las que Rubiales llamó militantes del ‘falso feminismo’, agregando que sus hijas sí son feministas de verdad. No fue tampoco un asunto menor que los medios explotaron solo para ganar audiencia. Mucho menos fue un ‘asesinato social’, como también lo definió el dirigente español.
Qué triste resultó todo. Rubiales con su actuación de machito en la tribuna, con su piquito ‘inocente’ y con sus disculpas faltas de valor (tengo que disculparme, no queda de otra, dijo de manera literal) terminó opacando la que debería ser la única noticia: las jugadoras de su país vencieron a la superpotencia de Inglaterra en un mundial en el que las nuestras también le dijeron al mundo que tienen talento, que necesitan continuidad, proceso.
En cambio, llevamos una semana registrando las metidas de pata del pobrecito Rubiales y su decidida no dimisión, pese a toda la presión, incluso del presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, quien calificó el beso de un gesto inaceptable, con unas disculpas insuficientes e inadecuadas.
Presión a la que sumaron decenas de mujeres de la política y que, incluso, ya en la calma llevaron a la jugadora Jenni Hermoso a emitir un comunicado en el que aclara que en ningún momento consintió el beso en la boca y que no tolera que se ponga en duda su palabra, ni que se inventen palabras que no ha dicho. Eso, además de dejar en manos de la Asociación de Futbolistas Profesionales la defensa de sus intereses.
Lo que al final resulta valioso es que un hecho así produzca rechazo, que el beso no consentido nos recuerde lo que no está bien; que no sea romantizado porque el mundo ya no ve con los mismos ojos lo que antes resultaba normal. Y que, además, su desenlace sea la suspensión de Rubiales por parte de la Fifa, mientras avanza su proceso disciplinario.
No se trata de un asesinato social, es un justo llamado a reprobar cualquier conducta que constituya un abuso de poder, un acto de violencia sexual, entendiendo que esta violencia no es solo la que golpea, sino la que accede a lo que no se le permitió. ¿Es tan difícil de entender? Incluso, las violencias simbólicas siguen siendo una lucha diaria para quienes transitan en la búsqueda de la equidad, del respeto.
La española Marita Alonso, en su columna titulada ‘Por qué el beso de Rubiales a Hermoso no es solo un beso’, resume la esencia de esta reflexión: “lo que ha hecho el enfado desencadenado por este beso es recordarle a Rubiales, que ha llegado a decir que quienes se han mostrado indignados son ‘idiotas’, qué tan idiotas no somos. Lo que ocurre es que estamos hartas, y eso es lo que a tantos les molesta: que ya no nos vamos a callar más. Ese va a ser otro buen golazo”.
Sí, aunque persistan conductas anacrónicas e indignantes como la de Rubiales, es un triunfo que como sociedad haya menos hombres y mujeres que las pasemos por alto. @pagope