¿Están agotados, como yo, de esta campaña permanente? Las llamadas consultas se promueven como la máxima expresión de la democracia, cuando en realidad son otro atajo más y el síntoma de un sistema de partidos débil, incapaz de ordenar la competencia sin recurrir a la agitación constante. ¡Cómo nos saturan y nos arrean a escoger en medio de este desorden!

En otra de nuestras cacofonías nacionales repetimos mansamente la palabrita hasta el hastío, es legal, claro, y sus beneficiarios la llaman legítima, pero se siente ajena. Es parte del paisaje. En un presidencialismo como el nuestro, casi todo se organiza alrededor del jefe de Estado y su sucesión, y lo demás queda en segundo plano, incluso la elección del Congreso, tratada como trámite pese a ser la que define si, pasada la euforia, será posible gobernar o apenas administrar frustraciones.

En ese terreno prosperan los aviones de siempre, los que usan las consultas como pista de despegue para la politiquería. La lista es larga, pero bastan tres figuras para ilustrar un progresismo erosionado por sus propias prácticas: Roy Barreras, experto en el cambio de orilla; Daniel Quintero, admitido a regañadientes tras insistir hasta volverse inevitable; y Claudia López, que impulsa un frente para medirse, eligiendo un acompañante sin peso propio.

Nombres hay muchos, el problema es lo que representan: una tradición reciclada que aprendió a usar la democracia como fórmula de supervivencia, maquinarias que viven no solo de contratos sino de mantener la política en ebullición para evitar que se enfríe y pueda ser examinada. A ello se suma la reposición por voto, que convierte cada comisio en un negocio. Claro que estos movimientos cuestan, lo sé, pero justo ahora nadie discute el gasto público.

A semanas de conocerse la grilla de primera vuelta, los extremos parecen acomodarse sin pagar mayores costos. Cepeda, siempre inclinado a impugnarlo todo, recibe un alivio que le evita el desgaste de la confrontación temprana. De la Espriella, en cambio, aparece favorecido por la desorientación ajena, más por el vacío que por impulso propio. Del lado de la sensatez queda Fajardo, con razones sólidas para no entrar en las consultas, tan coherentes para él como persistentemente indescifrables para casi todos los demás.

Para no caer en la negación automática, conviene hacer una distinción. Si hay una consulta que hoy merece atención es la de Vicky y Paloma, esta última, a hoy, virtual ganadora y distinguida por su jefe como la carta para disputar el centro. Aunque varios de los nueve pescan en río revuelto, aquí se juega en serio la definición del tarjetón de primera vuelta, con buenos perfiles técnicos que, en un sistema de partidos eficaz, no necesitarían atajos.

No sé ustedes, pero esa llamada fiesta democrática no se siente y no entusiasma mucho la idea de marcar un tarjetón extra. Se impone la fatiga, un hartazgo extendido, nacido de riñas pueriles y de un cálculo que lo coloniza todo. En las consultas no asoma entusiasmo cívico, sino una trampa ejecutada sin rubor, a plena vista, con la serenidad de quien sabe que el ruido, casi siempre, termina por taparlo todo.

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Claridades: Ni más faltaba que no creyera en el ejercicio político. En las últimas dos décadas he asesorado decenas de candidaturas de jóvenes, mujeres, independientes y liderazgos técnicos de enorme calidad. Muchos no ganan y quienes lo hacen rara vez la tienen fácil. Quisieran disputar el poder en una cancha que no premie a los vivos, menos de zancadilla y empujón y más de precisión, donde la política se parezca menos a un potrero y más a una mesa de billar, en la que cada jugada obliga a pensar la siguiente.