Los premios Nobel son la mayor herramienta de ‘Softpower’ –poder blando- que tiene Noruega, especialmente el de Paz, que en ocasiones, con solo el anuncio, genera un manifiesto efecto en la geopolítica global y/o en la política interna de los países cuyos nacionales fueron objeto del galardón.
Varios de los premios han sido controversiales, especialmente en estas épocas de polarización extrema y redes sociales. El de Barak Obama, sin haber realmente logrado nada; el del primer ministro de Etiopía, Abiy Ahmed Ali, quien tras ganarlo enfrentó una cruenta guerra civil en la que fue acusado de crasas violaciones a los derechos humanos, y el de Juan Manuel Santos, otorgado días después de que su propuesta de paz fuese derrotada en un referendo, solo por citar algunos.
Varias mujeres valientes han sido galardonadas con el Nobel de Paz, entre ellas Nadia Murad, sobreviviente del genocidio yazidí; Shirin Ebadi, luchadora por derechos humanos en Irán; la madre Teresa de Calcuta y la pakistaní Malala Yousafzai.
Dos mujeres galardonadas con el premio Nobel de Paz, combatientes por la libertad en sus países, comparten la tragedia que les ha sobrevenido tras obtener el preciado galardón: la política birmana Aung San Suu Kyi y su par venezolana María Corina Machado. Dos historias paralelas de dos mujeres que han enfrentado a pulso dictaduras brutales en sus países, que han sido perseguidas sin cuartel, con más saña una vez el Nobel les fue conferido, especialmente Suu Kyi que, al momento de escribir estas líneas, se encuentra una vez más privada de la libertad por la junta gobernante en Myanmar.
Las dos activistas políticas, las figuras más populares de sus países, fueron descalificadas mediante leguleyadas por los dictadores de turno, impidiéndoles participar en contiendas electorales, por lo que lo hicieron en cuerpo ajeno, triunfando ampliamente, y en ambos casos la victoria les fue arrebatada. Suu Kyi en 1990 y 2021, y Machado en 2024. Ambas recibieron el premio Nobel tras sus triunfos electorales y posterior fraude.
Desde su independencia del Imperio Británico, Myanmar, antes Birmania, ha sido gobernada por generales que se derrocaban los unos a los otros. Entre 2015 y 2021 hubo un interludio democrático en el que los generales entregaron parte del poder a un gobierno elegido, encabezado por la Liga Nacional por la Democracia de Suu kyi, quien fue la sombra detrás del poder debido a su inhabilitación por los militares. En 2020 volvió a ganar las elecciones, pero esta vez los militares tuvieron suficiente con el experimento democrático y en un cruento golpe de Estado retomaron el poder, enviando a Suu Kyi a prisión en completo aislamiento, donde aún permanece.
Su paso por el Gobierno como asesora no estuvo libre de polémica por su postura pasiva frente a la persecución, marginación, masacre y expulsión de los musulmanes Rohingya por parte del ejército. Su reputación quedó seriamente afectada y varios premios le fueron retirados. En su defensa aduce con razón que no tenía ningún control sobre las acciones del ejército.
María Corina Machado surge en la política venezolana liderando el referendo revocatorio en 2004 contra el entonces presidente Hugo Chávez. Desde entonces se convirtió en una de las líderes más importantes de la fraccionada oposición venezolana, en la que fue adquiriendo cada vez más relevancia, hasta llegar a comienzos de esta década a ser la referente principal de la oposición a la dictadura de Maduro y ganar, a través de Edmundo González, las elecciones de 2024, cuyo desenlace es bien conocido. Dos vidas paralelas que actualmente divergen. Mientras Suu Kyi languidece en las mazmorras de la dictadura, Machado, que evitó ser capturada por Diosdado, pareciera tener un futuro más promisorio, quizás dependiente de Trump.