¿Una persona pública tiene derecho a tener vida privada? ¿Un personaje con nombre y fama tiene opción de escoger momentos de intimidad? ¿La vida personal es un atributo que se pierde cuando se es famoso? El mundo social aparece a veces como un monstruo que devora. Hay que vivir para la fotografía, para el registro. La sonrisa y las buenas maneras mandan la parada. Como si ser público prohibiera emociones elementales como la molestia, el disgusto, la incomodidad, la hartera.
Estar siempre en ‘modo pose’ es agotador. Genera una sensación de invasión que puede llevar a momentos muy desgastantes. Ahora que cada celular es una cámara, es desesperante comprobar que cientos de ojos te miran y te evalúan. La exposición pública 24/7 puede enloquecer. Desde esa perspectiva, la muerte también puede ser un espectáculo o un momento sagrado e íntimo. ¿Quién estuvo, quién no, quién saludó, quién lloró, quién sonrió? Son demasiadas miradas para un momento desgarrador. La última puesta en escena de un famoso termina siendo su propio funeral.
Y mientras, los que lo extrañan tienen que desempeñar un doble rol. Están frente al cuerpo del ser que partió, con el corazón lleno de preguntas y recuerdos, pero a la vez escuchando el ‘lo siento mucho’, ‘te acompaño’. Frases que a veces son cálidas y otras totalmente huecas. Es lo social en todo su apogeo.
Para mí, la trascendencia debería guardar privacidad, intimidad, silencio. Es un momento sagrado, el ‘regreso a casa’. Morir es un acto de soledad porque es la esencia de cada quien la que se desprende del cuerpo para seguir su camino. Es revisar el paso por esta encarnación, el plan del alma y continuar. Los que se quedan sufren, se culpan o se alegran, pero no pueden acompañar materialmente ese paso. De ahí en adelante la conexión es de otra naturaleza: vibraciones que resuenan al unísono. Más cerca y más presente que nunca, porque carecer de empaque no elimina la conciencia, el alma, la chispa divina.
Me es muy difícil escribir sobre MF porque era un hombre fuera de lote, sobre todo un gran amigo. En lo bueno y en lo malo, en los extremos de su personalidad, tuvo siempre su sello particular. Irreverente, desafiante, creativo, arriesgado. Por eso creo que pueden existir tantos MF como personas lo conocieron. Cada uno tendrá su propia versión, de su mano extendida o de su factura guardada.
El mejor homenaje ahora no está en el pantallazo. Está en acompañar a María Ce en cada una de las decisiones que tome, en proteger con recelo su legado y en guardar cierta compostura que no convierta su partida en un espectáculo. Un gran hombre no necesita pantallazos. Necesita que respetemos las decisiones familiares, la forma en que viven su duelo, y que reconozcamos a una mujer como María Cecilia, que nutrió la vida de MF de creatividad y aventura.
Lo importante siempre estuvo ahí, pero seguirá estando en la medida en que el recuerdo de una de sus acciones, pública o privada, pueda seguir nutriendo nuestra esperanza de que existen seres como él, que vinieron a enriquecer. Y con eso es suficiente.