Entre los 32 gobernadores y los más de 1000 alcaldes que fueron elegidos el pasado 29 de octubre, los ganadores en las principales capitales y gobernaciones del país tienen un ideario contrario al del presidente Petro y al de su movimiento político, el Pacto Histórico. Los colombianos que votaron le enviaron un claro mensaje de rechazo a su gobierno. Quince meses le bastaron a Petro para perder el capital político que había acumulado en cuatro años de campaña electoral.

Si bien en Colombia se votó por las autoridades regionales, muchos acudieron a las urnas con la intención también de expresarse sobre la gestión del presidente. El balance de su gobierno es muy pobre por ineficaz. Los últimos resultados electorales fueron un rechazo al estilo y a las deficiencias de la administración de Petro. Las principales ciudades del país, Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla, se convirtieron en las capitales en las que quedó en evidencia la gran derrota del Pacto Histórico. Hay que recuperar el rumbo del país desde las regiones.

Si como se ha manifestado, que estas elecciones regionales eran una especie de plebiscito en la que los ciudadanos iban a mostrar, entre otras cosas, su inconformidad con las reformas sociales presentadas por el gobierno nacional, los resultados electorales desfavorables a este deben tener consecuencias en el Congreso de la República en el sentido de que dichas reformas para su aprobación deben ser objeto de una verdadera concertación y no acudiendo al menudeo de votos.

Es indiscutible que Petro se equivocó al tomar la decisión de dar por terminada la coalición con los partidos políticos que le garantizaban la aprobación de sus reformas en el Congreso. Como consecuencia, el presidente hace más radical su discurso, pero su situación política es más débil. Creyó que la aplanadora que logró aprobar la reforma tributaria el año pasado era el producto de su liderazgo y que bastaba para sacar él solo las reformas que ha considerado claves para su gobierno. Petro sobredimensionó su poder.

Cuando se esperaba que en su primer año de gobierno sacara sus principales reformas, al final logró aprobar la reforma tributaria y el Plan de Desarrollo. Las otras reformas, la de la salud, la pensional, la laboral y la reforma política no salieron. Petro tampoco pudo obtener las mayorías en las marchas de apoyo a su gobierno. En cada convocatoria que hizo, la respuesta fue cada vez más pequeña. Siempre fueron superadas por las convocatorias hechas por la oposición. Las reformas estaban lejos de tener un apoyo popular.

Debe dejar de atacar a los medios de comunicación, sus críticas injustas a los periodistas denotan la intolerancia típica de los dictadores y hablan mal de las convicciones democráticas del presidente. Debe también aprender del pasado en objetivos tan importantes como la “Paz Total”. Si la mano tendida no es firme, los grupos criminales y guerrilleros se envalentonan, lo cual trae más violencia. Esta es la experiencia que se tiene.

Petro tiene que entender que si quiere hacer reformas en democracia debe pactarlas, no imponerlas. Al presidente no lo están tumbando ni los partidos de oposición, ni los gremios, ni los ricos, ni los medios de comunicación, sino él mismo, su familia, los escándalos y los colaboradores que lo rodean por incompetentes. Él no parece comprender lo que significa haber ganado en las urnas y no con las armas. Que fueron los votos de los ciudadanos quienes lo pusieron al frente de un gobierno democrático y que esa condición lo obliga a entender que gobierna para todos los colombianos.