El gobierno del presidente Petro ha decidido volver a presentar en el Congreso la muy controvertida reforma a la salud. Esta decisión significa que ante los planteamientos y críticas de muchos sectores, el gobierno ha decidido mantenerse en su mirada sobre el sistema y dejar por fuera el deseo de aportar y de sugerir cambios que varios sectores han puesto sobre la mesa.

El argumento de Petro desde el inicio ha sido sencillo. Según el Presidente, como 11 millones de personas votaron por su gobierno, también avalaron desde las urnas todo su programa de reformas. Esa postura le ha resultado conveniente para cuestionar y atacar con fuertes calificativos a todos los partidos que han decidido votar en contra de la reforma, y presentar al Congreso como un enemigo del tantas veces prometido cambio.

Pero esa tesis olvida algo esencial en una democracia: el rol de los congresos como centros de debate frente a todas las iniciativas provenientes de los gobiernos. La discusión multipartidista desde las dos cámaras es una garantía de pluralidad y de control frente a las propuestas emitidas por un gobierno. Y así el presidente Petro insista en figuras retóricas sobre la legitimidad inmediata de todas sus propuestas, es el Congreso el que tiene la palabra final.

El gobierno no puede olvidar que en las elecciones legislativas de 2022, 18,6 millones de personas eligieron el actual Congreso y que en una democracia el deseo de una ciudadanía no solo está legitimado por las elecciones presidenciales, sino también desde la representación en el Congreso.

Por eso es una mala noticia para el futuro de la reforma –y, sobre todo, para el futuro de la salud en Colombia– que el trámite de esta sea desde la permanente tensión y los ataques del gobierno a diferentes colectivos políticos, y no desde la conversación con esos sectores. Que el presidente Petro insista en mantener sus divisiones con los partidos y sus directores no es la mejor estrategia, y menos en pleno año electoral. Y si algo debe ser reiterado de manera permanente es que ningún gobierno en una democracia está por encima de un Congreso. Por eso le queda muy mal al presidente Petro reproducir discursos que afectan la separación de poderes y la credibilidad en instituciones como la rama legislativa.

La idea de fondo de cambiar la totalidad del sistema tampoco augura un buen futuro. Patear el tablero e ilusionar a la ciudadanía con los más alegres cálculos, que desde el comienzo se sabe que serán imposibles de cumplir, de ninguna manera puede ser garantía de la creación de un mejor sistema de salud. La apuesta del gobierno por un nuevo sistema tan incierto, y de tantas formas similares al seguro social de otros tiempos, sí sugiere un objetivo claro en la misma línea de lo que tantas veces prometió Petro en campaña: acabar con las EPS. Y por más que algunos aplaudan esa idea, el salto al vacío que significa es rotundo. El retroceso sí es un peligro.

Posdata. Uno de los síntomas de la radicalización del debate público y la polarización que tanto golpea a nuestro país es la idea muy errónea de que hay algo heroico o valiente en chiflar e increpar masivamente a los políticos con los que se está en desacuerdo. No podría ser más errónea esa interpretación. Los demócratas deben siempre respetar a los otros demócratas y los debates deben ser dados desde los escenarios que ofrece la democracia. Los ataques, la grosería y los ataques en gavilla siempre serán un gesto de enorme cobardía. No podemos aceptar que esas acciones sean entendidas por algunos sectores políticos como parte del repertorio de la discusión nacional.