Colombia necesitaba un cambio existencial. Era hora de cambiar el aire, volver a planear y creer. Llevamos años en un péndulo político, con gobiernos cuyas narrativas oscilan entre la seguridad y la paz, y aun aquellos con buenas intenciones. Ni equipos mediocres ni brillantes han logrado el cambio sostenido que el país necesita con urgencia.

Los problemas estructurales siguen ahí, incluso más agudos en un mundo revuelto. Por años, no hemos encontrado fácil un momento para el optimismo. Nos acostumbramos a pensar y hablar de lo malo, lo peligroso, lo difícil, lo enredado. Tampoco ayudó la larga y rocosa campaña presidencial, que dejó morados y dolores, rupturas y nuevas alianzas, distancias innecesarias y, sobre todo, demasiada rabia.

La invitación de hoy es cambiar el escepticismo por ilusión y futuro. Imaginar entre todos un país más seguro, regiones prósperas, relaciones internacionales más maduras, alcaldes y gobernadores con espacio para resolver y planear. Jóvenes que vivan tranquilos y tengan acceso al estudio; enfermos y adultos mayores que reciban atención en salud; familias que logren tener una casa propia y puedan salir al campo los fines de semana. Nada de esto se consigue renegando en las calles, ni cócteles, ni por WhatsApp. Porque, aunque un nuevo presidente promete grandes cambios, no será suficiente sin ejércitos de soñadores y trabajadores.

Habrá tropiezos en el nuevo gobierno, nombramientos mediocres, exageraciones y errores de principiantes. Es normal. No tienen que gustarnos los videos coloridos, los rezos públicos o un protocolo distinto que choque con lo tradicional. Lo que importa es la ejecución, algo que no depende únicamente del valiente presidente y su equipo, sino de todos: el Congreso, las regiones, los empresarios, las cortes y también los líderes de los países aliados, incluidos los congresistas estadounidenses que entienden a Colombia más allá de un Trump errático. Ante todo, es una tarea que cae también en cada uno de nosotros.

Para empezar este ciclo con un ejercicio de positivismo, existe una tradición en muchos países de conceder a los nuevos gobiernos cien días de gracia, una especie de luna de miel durante la cual se celebran los aciertos y se perdonan los tropiezos. En Colombia ese espacio resulta hoy indispensable: un momento para olvidar el odio, para imaginar un país diferente, cargado de energía, esperanza y ganas de trabajar.

¿Qué pasaría si, empezando por cien días, decidimos creer? ¿Si nos dedicamos este tiempo a ayudar a construir un futuro, entre los que entusiastas y los que no creen, los escépticos, los ignorados y los ofendidos? Es sano tomarse el espacio para mirar hacia el horizonte con ilusión. Después de estos meses, quedará claro que la tarea es aportar, porque de verdad no hay alternativa.