Coincidencialmente riman las dos palabras que se aplican en este escrito a las categorías en que encajan los libros que hoy comentamos; se trata, por supuesto y de nuevo, de las Cincuenta Sombras de Grey (juego de palabras con los 50 matices de gris, que es el color con la mayor gama, 14), de Libertad de Jonathan Franzen, y de otro libro de Santiago Posteguillo (autor de la trilogía sobre Escipión) que ahora nos lleva a la Roma de los 90 a.C. para pasearnos por ese trágico período que comenzó con Nerón, continúa con Galba, Otto y Vitellius, mejora con Vespasiano y Tito pero cae en el verdadero horror con Dominiciano y Nerva, para alcanzar después su mayor altura con Trajano.Las Cincuentas Sombras, cuyo primer volumen terminé de leer hace poco y que me convenció de que no debo embrutecerme dedicándole tiempo a los dos siguiente (!), es basura. Se trata realmente de una lobísima versión del Kama Sutra y se inspira descaradamente en la Historia de O, aun cuando esta es menos burda y más valiente en el manejo de las aberraciones.La escritora aprovecha la latente curiosidad de las mujeres, víctimas de los puritanos norteamericanos y de los anatemas de la Iglesia Católica, para tratar de informarlas sobre sexo, tema tabú hasta hace pocos años y del cual se abusa ahora. La obra es un folletón sin valor literario alguno que nos muestra una pareja de enfermos (una ninfomaníaca y un sádico) que cada tres páginas se dedican incansablemente a lanzar gemidos de placer, ambos, y gritos de dolor, ella, cuando el sádico la golpea.Yo confió en que la ignorancia femenina que ha llevado a la compra de millones de ejemplares de esta telenovela ordinaria y procaz, no las haya convencido que ese es el camino de la felicidad conyugal.Aún sin haber leído los dos siguientes tomos y recordando algo de la herencia de Hollywood y de los puritanos, pienso que al final se da El triunfo del amor, título que parece de una ópera de Rameau o Lully y ella logró redimirlo de las consecuencias de su penosa niñez, volverlo normal y casarse con el exsádico.Pienso que el Marqués de Sade hubiese vomitado con esta obra y su happy ending y que el anónimo autor de La Historia de O demandaría a la escritora por plagio grotesco.Franzen habla de sexo pero en un maravilloso contexto literario, descriptivo de una clase media ordinaria en un estado ordinario como es Virginia Occidental. Todo en su obra es ordinario pero no vulgar pues ni el sexo ni el vocabulario son la esencia de un libro sobre un tema ordinario (en el peor sentido de la palabra) que no es la mejor novela norteamericana de los últimos cien años como la califico un crítico descarriado del New York Times.El novelista hace transcurrir la acción en su país, con ramificaciones en Colombia (págs. 386, 258, 560,572 y 590), Argentina y Paraguay; trae a cuento a Clinton y a la Lewinsky -que están otra vez de moda- y usa los calificativos de banana república, Guyana y Congo para describir West Virginia.Leamos pues, y en ese orden, a Portaguillo y Franzen, nunca a James y sus libros grises.Me he refrescado la cabeza leyendo Cuervo, de Marco Mejía, que es una excelente biografía de los hermanos Rufino José y Ángel cuervo, hijos de Rufino Cuervo quien fue candidato a la Presidencia enfrentado a José Hilario López, y según el libro, triunfador por un voto, con lo cual los artesanos liberales entraron en forma amenazadora al recinto electoral, lo que produjo el famoso voto firmado de Mariano Ospina Rodríguez, quien lo deposito por López para que no fuera asesinado el Congreso. Yo pienso que son exageraciones de los godos, pero el relato de Mejía parece ser sincero.En otra ocasión me referiré a las páginas en las que se recuerda la valerosa actitud de Luis María Lleras cercanísimo amigo de Cuervo, muerto prematuramente en la batalla de La Humareda en 1885.