Me dedico a ‘picar’ temas que van pasando, otros que llegan, algunos se comentan, otros pasan inadvertidos.

El Acueducto El Retiro cumple 50 años. Lo que fue en principio un sueño para abastecer de agua potable el sector de Pance, gracias a las acciones de sus Juntas de Acción Comunal, se hizo realidad con honestidad, civismo, trabajo comunitario, profesionales, y constituye un ejemplo para la ciudad: cuando se trabaja en conjunto se pueden lograr resultados magníficos. Felicitaciones en estas Bodas de Oro a sus quijotes fundadores y a todos los que apoyaron este proyecto.

Quería hacer un artículo contando su historia desde los comienzos, pero por más esfuerzos que hice no pude. Me quedé bizca mirando fotos del Cali Viejo y no tan viejo y me dieron ganas de llorar. Desde esa aldea rodeada de los Farallones, surcada por siete ríos, un piedemonte que refresca las tardes, la cercanía al mar; ese Cali de los 40, 50, 60, cuando Versalles y Granada eran barrios de casonas amplias, jardines, sus calles enmarcadas por árboles de cadmia que regalaban ese olor refrescante; el Batallón Pichincha, Chipichape, la Plaza de Cayzedo, edificios majestuosos como el Alférez Real, la arquitectura diseñada acorde el clima.

El civismo, el sentido de pertenencia, el orgullo de ostentar el título de capital deportiva y cultural de Colombia; el respeto, la seguridad, las empresas internacionales que se afincaban en sus alrededores; los colegios estrella como San Luis Gonzaga, Santa Librada, la Sagrada Familia, de fachadas imponentes. La alegría de pasearse por la Avenida Colombia, la Sexta, tomarse una foto agüita, saborear un helado en la cafetería del Edificio Garcés, entrar a cine al Calima, al Cervantes, al Bolívar. Esos barrios populares dignos, gente digna, gente alegre.

Ser testigo de este desbarrancadero en que nos convertimos; primero las urbanizaciones piratas que hicieron su agosto a partir de la violencia partidista, los permisos falsos para construir en el Jarillón del río Cauca. Años y años de silencios cómplices, apogeo de barrios piratas. Luego los mafiosos que fueron recibidos por una sociedad, si se puede llamar así, arrodillada, que generaron la narcocultura, la obsesión por el dinero fácil, instalando de forma permanente la corrupción y el sicariato que siguen dominando la urbe.

Y año tras año vivir en una ciudad invivible, inequitativa, sin capacidad para asumir la cantidad de desplazados por las guerrillas, los paramilitares y otras bandas delincuenciales. Convertida ahora en un infierno de motociclistas agresivos, automóviles que no respetan nada, trancones eternos donde cada día crece y aumenta desbocada la rabia, la agresión física y verbal, en la que la vida no vale nada y la inseguridad inunda todos los sectores.

Un comienzo de Siglo XX lleno de progreso y optimismo, un final de siglo abatido por las mafias, alcaldías corruptas con algunas excepciones. Un Siglo XXI que alcahuetea el deterioro y ser corrupto se convierte en norma; una polarización política azuzada por correos electrónicos, tuiters, influencer y todo adobado de ira, sorda, ciega.

Miro esas ceibas centenarias, algunas cadmias que sobreviven, guaduales mecidos por el viento, esos Farallones despejados, azules, como queriéndonos proteger, pero impotentes, y un sentimiento de tristeza se apodera, nublándome cualquier asomo de esperanza. ¿Cuándo tocaremos fondo? O no tenemos fondo, porque siempre habrá un más abajo donde nos hundamos más y más.

Escribo este artículo el lunes 24. Me recorrí la ciudad de norte a sur y viceversa; que vergüenza, vergüenza propia, impotencia, que mugrero, que desolación. No vuelvo a mirar las fotos antiguas. ¿Para qué? ¿Seremos capaces de recuperarnos algún día? No sé, soñar no cuesta nada, pero esta ciudad se convirtió en una pesadilla, en un basurero, en un eterno y prolongado trancón. Qué triste realidad.

Felicitaciones a la Junta de Acción Comunal de El Retiro. Todavía tenemos algo que mostrar.