Buenos Aires, cuna de innumerables poetas, escritores, compositores y cantantes que le cantaron a sus calles. Escritores que recorrieron sus barrios, calles y avenidas. Pero, sin duda, fue Jorge Luis Borges quien, con sus ensayos y poemas, obtuvo una audiencia universal. El prestigio de su obra logró que la ciudad de Buenos Aires alcanzara, en la literatura, el carácter legendario de la Praga de Kafka, el Dublín de Joyce o la Lisboa de Pessoa.
La ciudad de sus amores no fue solo el telón de fondo de gran parte de su obra, sino también la materia de la que esta se alimentó. Su poesía y literatura nacieron de la emoción que le produjo el descubrimiento y la contemplación de sus barrios. Posteriormente, sus cuentos se inspiraron en personajes e historias de los arrabales porteños, del fin del Siglo XIX y de la primera mitad del Siglo XX.
Borges y Buenos Aires son dos productos únicos, nacidos ambos de la amalgama entre la cultura europea y los hábitos argentinos. Borges crea a Borges, y Borges recrea Buenos Aires hasta convertirla en una nueva formación poética y excéntrica. Puede decirse que el escritor laureado, aristocrático, conferencista erudito, seducido por los barrios humildes y aferrado a los tangos de la vieja guardia, al seguir a Borges en su obra, es seguirlo por las calles de Buenos Aires, a pesar de que a los 14 años parte a Europa con su familia.
Es en el tiempo que permanece allí donde germina la curiosidad por su ciudad. A los 21 años vuelve ansioso por reencontrarse con esa Buenos Aires que ha idealizado en su imaginación. Pero Jorge Luis Borges no quiere ver la ciudad de avenidas, calles y edificios majestuosos; empieza a recorrer los barrios marginales, los orilleros, donde el suburbio es indigente, rústico, pero esencialmente poético.
En buena medida, esa mirada nace de haber leído al poeta Evaristo Carriego, amigo de su padre, a quien Borges escuchó en interminables tertulias durante su niñez. Ese muchacho culto y de buena familia deambula sin ley por los arrabales y bajos fondos de la ciudad, donde bulle el tango recio y prostibulario. Puede decirse que Borges inventa una forma de ver la ciudad en dos volúmenes de prosa: Fervor de Buenos Aires, Luna de enfrente y Cuaderno San Martín.
Buenos Aires y Borges se amalgaman: son uno, siendo dos, en un tiempo de nostalgia.
“Antes que yo te buscaba en tus confines que linda con la tarde y la llanura, en la verja que guarda mi frescura antigua de cedrones y jazmines”.
“Las calles de Buenos Aires ya son mi entraña, no las ávidas calles y el barrio desganado, porque Buenos Aires es hondo, y nunca en la desilusión o en el penar me abandoné a sus calles sin recibir inesperado consuelo: ya de sentir y realidad, ya de guitarras desde el fondo de un patio, ya de roce de vida”.
Jorge Luis Borges