Trascendental, la captura de Nicolás Maduro. Cuando las amenazas de Trump contra el dictador y la esperanza de un cambio en Venezuela empezaban a caer en el vacío, fue sustraído de la guarida en la que se encontraba. Un procedimiento solo comparable con una delicada cirugía. Desde ese día, enero 3, han pasado muchas cosas, unas entendibles y otras desafortunadas, que tienen en vilo el futuro de ese país y que encienden alarmas.
La detención de Maduro es una gran noticia, pese a la discusión en torno a la violación o no de la soberanía. El sistema de naciones no ha dado con un mecanismo efectivo para remover dictadores y difícilmente existirá, pues los hay de todos los colores y calañas. En este caso no había opción, pues el argumento de que fuesen los venezolanos los que solucionaran su problema se ensayó y no funcionó. El fraude electoral así lo evidenció.
Es comprensible la decisión del Gobierno estadounidense de apostarle a una transición realista que evite un derramamiento de sangre. La captura de Maduro, como es lógico, no equivale a la caída del régimen; este domina todos los poderes, las fuerzas militares y la empresa de petróleo. De ahí el haber acudido a la entonces vicepresidenta, Delcy Rodríguez, como ficha clave de un proceso que requiere un manejo con vaselina.
Lo ocurrido confirma la complicidad de la nueva Mandataria en la defenestración de su anterior jefe, independiente del doble discurso que aún maneja, para apaciguar a unos y dar esperanza a otros. Los hechos indican que cuenta con el total respaldo de Trump y que tiene incidencia en la recua chavista-madurista de la que ha sido parte, incluido Diosdado. Lo que pone de presente que mucha cosa se está moviendo tras bambalinas.
Pero no todo es color rosa. Examinemos tres aspectos. El primero y más preocupante, lo esquivo que ha sido Trump en cuanto a la convocatoria de nuevas elecciones, es decir, el regreso de la democracia a Venezuela. Este no es un fin menor, es y debe ser la razón de ser de la captura de Maduro. La sensación de que el presidente estadounidense está feliz jugando a las colonias empieza a inquietar; ojalá se trate de una lectura equivocada.
Lo segundo que talla es el trato especial a Delcy Rodríguez. Una cosa es utilizarla para una transición organizada (que sin duda Trump lo está haciendo a cambio seguramente de su impunidad y de pronto los 50 millones de dólares de recompensa) y otra, las flores que le echa. Ahora resulta que es “una persona fantástica”. No. Ella, al igual que Maduro y cientos más, es una vil criminal. Haber entregado a Maduro, siendo muy positivo, prueba que no es de fiar.
Lo tercero que incomoda es el trato displicente a María Corina Machado. De una pieza quedó el mundo cuando Trump la menospreció públicamente en la rueda de prensa. Una cosa es que ella no se desgaste en la transición; otra, hacerla a un lado. El reciente episodio de la entrega de la medalla del Nobel de Paz a Trump para contentarlo tras el berrinche es deplorable. Noble de su parte, pero no ha debido hacerlo. Ella vale oro, con o sin Trump.
Venezuela requiere un plan claro y con tiempos concretos de transición a la democracia. Las confiscaciones de petróleo y los anuncios grandilocuentes del regreso en grande de empresas americanas a ese país, siendo comprensibles, tienen un fin político doméstico. Pero, elogiar sin necesidad a Delcy Rodríguez y no darle a María Corina el estatus que merece, es un insulto; da la sensación de que Trump se estaría amañado con los chavistas. Ojalá no sea más que una estrategia y no termine borrando con el codo lo escrito con la mano.