Si alguien duda de que la poesía, como la música, es redentora, salvífica, que lea este nuevo compendio de poemas de Harold Alvarado Tenorio. El poeta, mejor aún, el personaje, el infatigable y feroz polemista a quien el despiadado Antonio Caballero llamó ‘el odiado y odioso Alvarado’, en el prólogo de la antología de la poesía colombiana que compuso Alvarado, animado por intenciones ciertamente fratricidas.

Toda la animadversión, toda la indignación y toda la justa furia desencadenadas por los panfletos y libelos escritos en contra de las figuras que presiden nuestra república de las letras, desaparecen como por encanto cuando lees uno solo de sus poemas. Basta para darte cuenta que el demonio rencoroso, el autor de esos escritos satánicos, es un poeta, un gran poeta, uno de los mejores entre los nuestros y entre todos los vivos y los muertos que habitan el universo polimórfico y burbujeante de nuestra lengua.

El compendio de poemas al que me refiero se titula simplemente Poemas, acaba de publicarlo la editorial Podenco y creo que reúne todos los poemas que Alvarado ha escrito a lo largo de medio siglo o más. Están los más recientes y están los más antiguos, algunos de los cuales, reescritos y modificados, si mi memoria de lector fiel y constante de su poesía no me engaña. Todos ellos compartiendo la misma clase de poesía, cuyas claves ofreció por primera vez en su poemario Pensamientos, de un hombre llegado el invierno.

Sí, efectivamente, el del prólogo raptado a Borges, antecedente remoto de los seis o siete poemas que Alvarado insiste, contra viento y marea, en atribuir al autor de El Aleph. Es decir, esa sabia conjunción del laconismo con la elipsis que permite invocar o evocar el asunto, el episodio, el personaje, sin jamás ponerlo de presente, que, por esta razón, genera una sensación antes que un afecto o un sentimiento. También estaban expuestos en ese fascinante libro las convicciones y los impulsos que han caracterizado su poesía desde entonces.

El nihilismo que devalúa radicalmente el mundo e incluso la realidad para mejor celebrar por contraste los placeres de la carne. El cosmopolitismo que le lleva a celebrar ciudades, parajes y figuras legendarias de otras latitudes, de otras culturas y de otras edades. Y una persistente nostalgia por la edad dorada de la juventud. Que le ha llevado a citar al comienzo del libro estos versos de Flacker: ‘I was a poet, I was young’.