El norteamericano Robert Mueller, quien fuera fiscal especial en la investigación sobre la injerencia rusa en las elecciones presidenciales de 2016, murió el pasado 20 de marzo. Mueller fue un veterano de Vietnam, respetado por ambos partidos durante décadas y ejemplo de integridad en el ejercicio de la función pública.

¿Qué hizo el presidente Trump al conocer la noticia? Publicó de inmediato en sus redes: “Robert Mueller acaba de morir. Bien, me alegra que esté muerto”. Es difícil encontrar en la historia reciente un exabrupto semejante por parte de un jefe de Estado. Celebrar públicamente la muerte de un adversario político no solo constituye una ofensa a la memoria del fallecido, sino que degrada la investidura presidencial de la nación más poderosa del mundo.

Ante semejante despropósito, el padre James Martin, reconocido autor jesuita, escribió unas palabras que deberían resonar en la conciencia de todo gobernante: calificó como vergonzosa esa forma de expresarse viniendo de un cristiano o de cualquier persona con alma y recordó que celebrar la muerte de un ser humano es repudiable venga de donde viniere. El mensaje de Jesús, según el sacerdote, es un mensaje de misericordia.

Pero el abuso verbal no es patrimonio exclusivo de los Estados Unidos. En días pasados, Colombia vivió una de las peores tragedias de su historia militar: un avión Hércules C-130 de la Fuerza Aérea se estrelló en el Putumayo, con 127 personas a bordo, la inmensa mayoría soldados jóvenes. El saldo es demoledor: 69 muertos y decenas de heridos. El dolor de un país entero se volcó hacia esas familias destrozadas por la pérdida de sus hijos, esposos, hermanos.

¿Cuál fue la reacción del presidente de Colombia? En vez de consagrar sus primeras palabras al consuelo de los deudos, el mandatario se apresuró a calificar el avión como “chatarra” y a señalar que la culpa era de gobiernos anteriores por haber adquirido aeronaves obsoletas. “Compraron una chatarra y se cayó”, escribió. Se dedicó a buscar responsables políticos antes de que los cuerpos hubieran sido siquiera recuperados de la selva.

Hay que decirlo con claridad: lo importante en ese momento no era quién compró el avión, ni bajo qué gobierno se adquirió, ni si fue donado por los Estados Unidos. Cuando hay 69 muertos, el orden ético de las cosas consiste en pensar en el dolor de las familias y no en cuestiones de política o de conveniencia electoral.

He aquí dos presidentes que comparten una misma falencia: la incapacidad de anteponer la compasión humana a la pugnacidad política. Uno celebra la muerte de su adversario; el otro convierte el duelo nacional en oportunidad para atacar a sus predecesores.

¿En el caso de Colombia cuándo terminaremos de soportar esta chatarra verbal? Muy sencillo: el 8 de agosto de 2026.

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Posdata. En raras ocasiones la vida le da a uno la oportunidad de conocer a un hombre excepcional por su entereza, por su gran inteligencia, por sus múltiples virtudes. Y ese es el caso de Francisco Piedrahita, brillante ejecutivo de compañías privadas y durante un cuarto de siglo rector de una universidad de prestigio. Es, todavía, más afortunado haber tenido el privilegio de contar con su amistad, su cercanía y su consejo. Todos estamos a la espera de un resultado favorable en la salud de Francisco Piedrahita.