¿Cómo se abraza a una ciudad entera? El Gran Abrazo por Cali y el Valle nos deja una pregunta que va más allá de un día: ¿cómo hacer para que ese abrazo permanezca? Han pasado dos meses desde el terremoto y las cifras dimensionan lo que Cali sigue viviendo, 154 personas fallecidas; 45.139 familias damnificadas, y quizás muchas más sin haberse registrado; 765 edificaciones clasificadas como no habitables y más de dos millones de personas que aguardan porque su ciudad pueda levantarse.

El 10 de agosto, el periodista y presentador José Fernando Patiño llegó a Cali desde Bogotá para buscar a su padre, Darío Patiño Rivera, atrapado bajo los escombros de Torres del Limonar. Fueron horas de angustia hasta que pudo encontrarlo y despedirse de él. En medio de esa experiencia, conoció la generosidad de quienes removían ladrillos con las manos; de los rescatistas que no se rindieron y de las personas que se acercaron a acompañarlo. Así tomó forma el Gran Abrazo, y el convertir una pérdida personal en una convocatoria para acompañar y mantener viva la solidaridad.

La sicología le atribuye grandes beneficios al abrazo; beneficios que van desde aliviar la soledad o reducir el estrés y el dolor hasta fortalecer las relaciones por un largo tiempo, hacer que se sostengan, que se sientan. Por eso, más que una metáfora o una jornada de música, donaciones y conversaciones, este gran abrazo es un llamado a permanecer.

Las cifras dan una idea de lo que viene. Hay 60 estructuras identificadas para demolición y más de 5000 edificaciones inspeccionadas entre las 14.000 priorizadas. La reconstrucción integral podría tardar entre dos y cuatro años y requerir cerca de 10 billones de pesos. En distintos puntos de la ciudad, los espacios vacíos donde antes había edificios nos hablan en silencio de lo ocurrido.

La recuperación necesita recursos, decisiones públicas y soluciones para quienes perdieron sus viviendas o sus fuentes de ingresos. Pero también necesita que la ciudadanía mantenga la atención sobre esas historias, acompañar, apadrinar, estar.

Porque estas semanas también nos han mostrado que, aun en medio de pérdidas irreparables, la vida busca abrirse camino. El jueves, después de 58 días hospitalizada y 21 cirugías, Sthephany Echavarría salió de la Fundación Valle del Lili. Sobrevivió al colapso del edificio Ariguaní, perdió a su madre y a su abuela, y sufrió la amputación de sus piernas. Su hija Sofía, a quien protegió con su cuerpo entre los escombros, la esperaba. El abrazo entre las dos, después de casi dos meses de separación, fue una imagen difícil de olvidar. No borra lo sucedido ni resuelve el largo camino que tienen por delante, pero nos recuerda todo lo que puede significar estar ahí para alguien.

Se acerca un fin de año que para muchas familias estará marcado por la ausencia, las dificultades y la incertidumbre. No todas las heridas se ven, ni todas las personas encuentran la manera de contar lo que están viviendo. Acompañar también significa entender esos silencios y respetar los tiempos.

Cali necesitará años para reconstruirse y es entonces cuando regresa la pregunta que abre esta columna: ¿cómo se abraza a una ciudad entera? Con solidaridad, permanencia y empatía; con esa mística de la que está hecha esta ciudad, para que ese Gran Abrazo trascienda el día del encuentro en la Arena USC y permanezca durante todo el tiempo que haga falta. Porque Cali tendrá que reconstruir mucho de lo que perdió, y en ese camino también necesitará saber que seguimos aquí.

@pagope