La tarea más importante y desafiante que tendrá el próximo Alcalde de Cali, además de las muchas que encontrará en esta ciudad maltratada, atrasada y anarquizada que deja Jorge Iván Ospina, será la de reconciliar a los caleños.
No nos digamos mentiras: las heridas que dejó el violento estallido del 2021 siguen abiertas y se notan no solo en la ‘piel’ de la ciudad -es decir, en sus muros, sus parques, sus esquinas-, sino especialmente en su ‘alma’.
Sí, el alma de Cali -esa sustancia etérea que históricamente nos conectó a todos los caleños en la hermandad, la creatividad, la generosidad y la complicidad, por encima de nuestras diferencias-, está casi extinta.
El sello distintivo de Cali hoy es la desconfianza, expresada en todas las formas, todos los lugares y todos los ámbitos posibles de la vida cotidiana.
“Cuidado en el barrio, cuidado en la acera, cuidado en la calle, cuidao donde quiera...”. Pareciera como si Blades hubiera escrito esa vieja melodía para nosotros.
No podemos atribuirle esta sombría realidad solo a los sucesos ocurridos dos años atrás. La violencia del estallido solo fue la manifestación visible de una grave enfermedad que ya traíamos de tiempo atrás. Pero es un hecho que no hemos logrado sanar.
Esta ciudad, aunque muchos se nieguen a reconocerlo, sigue parada sobre un polvorín. Y basta un mínimo error para que la ‘mecha’ vuelva a prenderse. Por eso todos tenemos una responsabilidad mayúscula: la de evitar que Cali vuelva a caer en las llamas de la violencia.
Pero esa, que debería ser una consigna fundamental en todo lo que pensemos, hagamos y digamos, es la que se está olvidando en la actual campaña electoral. Los vientos del odio, que sirven para impulsar el voto, pero también para atizar la llama del conflicto, están siendo impulsados cada vez con más fuerza, especialmente por los dos candidatos que lideran las encuestas.
Alejandro Eder y Roberto Ortiz están saliendo del terreno de las propuestas serias, las ideas creativas, los argumentos sesudos, los mensajes confiables, para entrar peligrosamente en el campo de la ‘guerra sucia’, del todo vale, de la descalificación personal y la agresión gratuita.
Y si eso es lo mejor que tienen para convencer a miles de caleños que aún piensan por quién votarán, entonces ‘apague y vámonos’. Porque fue justamente la acumulación constante de esa basura putrefacta en el fondo del alma caleña, la que nos llevó a la violencia demencial del 2021.
Personalmente, me sorprende que dos hombres inteligentes, cada uno con importantes méritos, logros y la confianza ganada de muchas personas a lo largo de sus vidas, se estén dejando desdibujar de esta manera.
Uno no puede decir ‘Revivamos Cali’ dejándose nublar por la furia en cada palabra. Uno no puede prometer que ‘Otra Cali sí es posible’ atizando la lucha de clases en una ciudad que vivió un ensayo de guerra civil. Uno no puede hacer eso en la mañana y llegar en la noche a mirar a los ojos a sus hijos.
Porque, además, nos están viendo a los electores como idiotas. Los caleños ya sabemos que el próximo alcalde, sea quien sea, deberá lidiar y negociar con una parte de la calaña de esta ciudad.
Así que no jueguen con candela, porque pueden terminar causando un incendio peor que el de hace dos años. Y eso nunca se los perdonaremos.