Las campañas no empiezan con la inscripción de los candidatos. Comienzan antes, cuando algunos leen el terreno y otros aún creen que tener razón es suficiente. En 2026, mientras muchos miran el calendario, las decisiones que de verdad importan ya se están tomando lejos del tarjetón.
La primera señal es la fragmentación. En la carrera presidencial conviven proyectos que buscan consolidar bloques reconocibles con otros que apenas sobreviven en la dispersión, confiando en que una segunda vuelta los rescate. En ese escenario, y pese a las advertencias que he hecho sobre su inviabilidad, la izquierda llega con una ventaja estructural al haber logrado ordenar su candidatura alrededor de Iván Cepeda y convertir una consulta interna en una demostración tangible de fuerza. En política, eso pesa más que cualquier discurso bien escrito.
En un espectro opositor amplio y todavía desordenado, el centro y la derecha siguen en proceso de decantación. Figuras como Sergio Fajardo o Claudia López conservan reconocimiento, pero deben demostrar que aún pueden organizar expectativa colectiva y no limitarse a acumular adhesiones individuales. En paralelo, la irrupción de perfiles como Vicky Dávila o la estrategia más calculada de Abelardo de la Espriella han confirmado un electorado dispuesto a castigar la repetición y a premiar la ruptura, incluso cuando esa ruptura todavía no se traduce en proyecto.
Esa lectura se confirma en las encuestas, donde más de la mitad de los aspirantes presidenciales se mueve en márgenes que no les permitirían incidir de forma real en la contienda y aún así persisten, no por ingenuidad sino porque entienden la campaña como un activo negociable más que como una ruta viable al poder. Salvo una sorpresa relevante de figuras como Paloma Valencia, Juan Carlos Pinzón o Mauricio Cárdenas, la consulta de centroderecha debe leerse menos como competencia y más como un ejercicio de depuración, medición y eventual reposicionamiento.
En paralelo, la contienda por el Congreso empieza a revelarse como el verdadero campo de disputa. Las listas al Senado y la Cámara para 2026 muestran señales de mayor profesionalización, menos improvisación y más cálculo. Los partidos tradicionales buscan preservar su músculo territorial, mientras nuevas coaliciones intentan abrirse paso con discursos anticasta que más temprano que tarde deberán traducirse en capacidad real de gobernar.
En ese tablero, el Pacto Histórico apuesta por no ceder margen de representación, el Centro Democrático ensaya un reordenamiento con nuevos rostros y los partidos bisagra, como el Partido de la U o el Partido Conservador, activan con precisión su histórico instinto de supervivencia. No siguen banderas ni proyectos, leen corrientes, administran llaves y se alistan, como tantas veces, para decidir a qué gobierno le abren la puerta.
Al final la ecuación no cambia. Ganar la Presidencia sin Congreso es administrar frustración y ganar el Congreso sin proyecto presidencial es administrar cuotas. La elección de 2026 volverá a premiar a quienes entiendan esa relación y a castigar a quienes sigan creyendo que la política es una suma de voluntades. No compiten ideas, compiten métodos. Tendrá ventaja quien lea el ánimo del país, ordene equipos y reduzca incertidumbre, incluso cuando el clima hemisférico vuelve a cambiar con la imprevisibilidad que marca Washington.
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Claridades: A estas alturas, la mayoría de los electores sabemos que no hay mesías ni atajos. Ningún gobierno va a recomponer en cuatro años un clima deteriorado durante décadas. Lo urgente es otra cosa: si la crispación sigue creciendo y la política insiste en explotarla en lugar de enfriarla, llegará un punto en que no habrá país para prometer, ni gobierno que sostener, ni relato que alcance.