Hoy, 11 de septiembre se cumplen 25 años desde que el mundo contuvo el aliento frente a las pantallas.
Las imágenes de las Torres Gemelas desplomándose en Manhattan, el impacto en el Pentágono y el campo en Pensilvania no solo redefinieron la aviación, la inteligencia militar y la geopolítica del siglo XXI; también dejaron una marca profunda en miles de familias a miles de kilómetros de distancia, en la ciudad de Cali y en toda Colombia.
Los nombres que la memoria no olvida
Mientras los actos solemnes en el 9/11 Memorial de Nueva York recuerdan a casi 3.000 víctimas de más de 90 países, la tragedia guarda capítulos de dolor con acento propio: 19 colombianos perdieron la vida esa mañana.
Entre ellos resuena con especial eco la historia de Víctor Hugo Paz Gutiérrez, un caleño de 43 años que 15 años antes del ataque había decidido emigrar a Estados Unidos buscando un futuro lejos de la violencia que golpeaba a la capital del Valle del Cauca.
En Nueva York encontró estabilidad y un trabajo en el área gastronómica del World Trade Center, el mismo lugar donde el destino lo alcanzó el 11 de septiembre de 2001.
Asimismo, la memoria nacional recuerda a Carlos Alberto Montoya, el vallecaucano de 36 años que abordó el vuelo 11 de American Airlines, el primer avión secuestrado que impactó la Torre Norte, dejando a su familia en Colombia un legado de resiliencia y enseñanza.
Testigos directos en la vida pública caleña
El impacto del 11-S no solo tocó a quienes perdieron la vida, sino a sobrevivientes que más tarde marcarían la vida pública del país.
Entre los colombianos que vivieron el ataque desde las entrañas del distrito financiero neoyorquino figuró el hoy alcalde de Cali, Alejandro Éder, quien en ese momento trabajaba en el sector financiero cerca del World Trade Center y presenció la caída de los edificios, una vivencia que, según ha expresado, redefinió su vocación de servicio e interés por la reconstrucción institucional.
El viraje geopolítico: Cómo el 11-S cambió el conflicto en Colombia
A nivel estratégico, el giro que supuso el 11-S para Colombia fue radical. Tras los ataques, la administración de George W. Bush reorientó la política exterior de EE. UU. hacia la “Guerra Global contra el Terrorismo”.
Para Colombia, este cambio de paradigma significó la redefinición del narcotráfico y de los grupos armados ilegales bajo la categoría de “narcoterrorismo”.
Esta transformación conceptual permitió la inyección de recursos y apoyo militar a través de la reformulación del Plan Colombia, dinamizando las operaciones de seguridad nacional y marcando el rumbo político y militar del país durante la primera década del siglo XXI.
A un cuarto de siglo de distancia, las dos enormes piletas del bajo Manhattan rinden tributo a las vidas truncadas, pero en las calles de Cali el recuerdo sigue vivo: el 11-S no fue solo una tragedia distante de una superpotencia, sino un hito que transformó vidas caleñas y reescribió la historia contemporánea de Colombia.
El atentado que marcó el comiezo del Siglo XXI
Por: (EUROPA PRESS)
Los atentados del 11 de septiembre de 2001, ejecutados por el grupo terrorista Al Qaeda contra las Torres Gemelas del World Trade Center y el Pentágono, constituyeron el acontecimiento más determinante del periodo de entresiglos: noventa minutos de ataques devastadores, entre las 08.46 y las 10.03 horas (hora local), contra los principales centros económicos y militares de Estados Unidos.
Retransmitidos en directo durante horas, los atentados permitieron al mundo asistir al resquebrajamiento del aura de invencibilidad que había rodeado a Washington, potencia hegemónica incontestable desde el colapso de la Unión Soviética.
Hasta entonces, nadie se había atrevido a atacar territorio estadounidense a semejante escala desde el bombardeo de la Armada Imperial de Japón sobre la base de Pearl Harbor, aunque rivaliza en simbolismo, el 11-S tuvo un coste humano muy superior: el impacto de los tres aviones contra las torres y el Pentágono, así como el siniestro de un cuarto avión secuestrado en Pensilvania dejaron 2.977 muertos de 103 países a los que habría que añadir 4.600 fallecidos más en los años siguientes, según las estimaciones de los Centros de Control de Enfermedades de Estados Unidos en 2021, por enfermedades físicas o mentales directamente relacionadas con los atentados, o complicaciones médicas derivadas de ellos.
Tres semanas después del ataque terrorista más mortífero de la historia comenzó la “guerra contra el terrorismo” declarada por el entonces presidente George W. Bush con la invasión de Afganistán, una campaña prematuramente concebida para decapitar simultáneamente a Al Qaeda y al régimen talibán, que continuó dos años después con la invasión de Irak en marzo de 2003
Casi 3.000 muertos de aquel día han pasado a formar parte del casi interminable capítulo de víctimas de una guerra mundial contra el terrorismo internacional que, directa o indirectamente, se ha cobrado la vida de 4,5 millones de personas, según el Proyecto Costes de Guerra de la Universidad estadounidense de Brown.
Al derramamiento de sangre se suman innumerables consecuencias culturales, sociales, políticas y militares de la era que arrancó tras los atentados de Al Qaeda.
Los últimos 25 años han estado marcados por una explosión del sentimiento antimusulmán, derivada de la instalación en la conciencia occidental del islam radical como principal enemigo de sus valores.
También por el debilitamiento de Naciones Unidas como garante de la legalidad internacional y de los principios humanitarios, así como por el auge de China como superpotencia.
En un mundo que parecía estrechar sus lazos en el amanecer de la era de la información, se ha vivido por contra la consolidación de un sistema internacional de vigilancia y la transformación de la guerra mediante una de sus principales innovaciones del último cuarto de siglo: el avión no tripulado.
25 años después
Un cuarto de siglo después, Estados Unidos lleva sumido en un estado de guerra que ha acabado inextricablemente vinculado a su devenir económico, comenzando por los más de ocho billones de dólares, también según el Proyecto de Costes de Guerra, que ha costado un cuarto de siglo de “guerra contra el terror”.
La muerte en 2011 del líder de Al Qaeda, Usama bin Laden, en una operación militar estadounidense en Pakistán no representó en lo más mínimo el punto y final de esta hostilidad constante.
“Y mientras Estados Unidos está ocupado luchando en guerras, China estaba ocupada comerciando”, explicó en 2021 a la cadena NBC el exembajador de Singapur ante Naciones Unidas, Kishore Mahbubani, tras recordar que el PIB del gigante asiático se ha multiplicado por 15 desde principio de este siglo.
Pekín se ha consolidado así como potencia militar en el Indopacífico, dialoga con enemigos declarados de Estados Unidos, como Irán, Rusia o Corea del Norte y permanece incólume frente a la guerra arancelaria declarada por Donald Trump.
La “guerra contra el terror”, declaró el diplomático, “ha sido el mayor regalo geoestratégico que China ha recibido”.
A nivel interno, la población estadounidense es víctima de una erosión psicológica cauterizada, más que curada, por el paso del tiempo.
El catalizador es la violencia: ninguna administración demócrata desde George W. Bush ha abandonado por entero la doctrina del ataque y los dos mandatos de Trump se han dirigido al extremo opuesto, haciendo de la “paz a través de la fuerza” su bandera.
La primera semana de los atentados, la confianza de los estadounidenses en su Gobierno alcanzó un máximo sin precedentes con un 60% de encuestados a favor, según una media de encuestas recogida en 2021 por Pew Research.
En 2021 se había dilapidado al 21%, un mínimo nunca visto desde principios de los 90. La sucesión de medidas de control instauradas por el Gobierno estadounidense tras los atentados alimentaron en demócratas y republicanos su desdén, cada uno a su manera, hacia cualquier tipo de autoridad; un sentir que terminó de cocerse en las cámaras de eco de la nueva realidad informativa, y en especial a partir de 2004, con la aparición de Facebook.
Una cuarta parte del siglo XXI ha estado definida por los atentados, el mismo porcentaje que el de estadounidenses demasiado jóvenes como para recordarlos.
“Cien millones se han olvidado ya”, lamentó en la conmemoración del año pasado la directora del Museo y el Memorial 11-S, Elizabeth Hillman, encargada de unos eventos particularmente centrados en el recuerdo de ese día, intentando dejar a un lado en la medida de lo posible las consecuencias que han definido de manera irremisible la realidad en la que se conmemora.